
Hay que ver cómo se están reconvirtiendo muchos liberales y neocons, los amigos del libre mercado y la iniciativa privada, los que predican que las mejores leyes para regular el mercado son las que no existen. Ahora, los de la “mano invisible”, quieren que el Estado les eche una mano bien visible y apoyan el intervencionismo estatal con un desembolso de miles de millones de dólares, (inicialmente unos 700.000 pero me apuesto a que aquí también habrá que aplicarle la ley de la suma de las dudas), de los bolsillos de los contribuyentes para conseguir el “rescate” de los que han producido el naufragio. Es curioso escuchar a los defensores del capitalismo puro, a los que engordan sus millonarias cuentas con especulación y aprovechándose de la desregulación legal de muchos sectores económicos, justificar la llamada a la salvación de Papá Estado. Ellos que son partidarios, en sentido contrario de las curas de adelgazamiento para los presupuestos estatales, para las políticas sociales. Ahora no gritan “sálvese quien pueda” ni imploran la ley del más fuerte.
Esos teóricos conservaduros, (quiero decir conservadores), son los que critican las subvenciones y la cultura del subsidio, a nivel internacional, desde el Fondo Monetario Internacional, diciéndoles a los países subdesarrollados que las economías subsidiadas no tienen futuro y recomendando, (por su propio bien, manda huevos), que a los países pobres hay que exigirle que paguen todo el capital que adeudan y los leoninos intereses. Es la misma filosofía, a escala más cercana, de los que se oponen al PER y al AEPSA (salvo que los gestionen ellos), y prefieren que los pueblos se abandonen, que desaparezca nuestro paisaje rural y que la gente menos preparada y más pobre no tenga acceso a los bienes y servicios públicos porque no es eficiente.
El socialismo democrático, la socialdemocracia europea tiene que ser valiente y plantear en estos momentos, de manera clara y decidida, su alternativa ideológica, política y económica en esta nueva era caracterizada por la mundialización de la economía y por el cambio global, que un premio Nobel ha denominado Antropoceno. Y contestar a los que reclaman más mercado, mientras sea posible, tanto Estado como sea necesario.
Lo positivo que podría tener la actual crisis internacional, (de la que las hipotecas basura y el los altos precios del petróleo y de los alimentos son sólo síntomas), es que podría servirnos de acicate para un renovado movimiento internacional que ante la globalización económica proclame la internacionalización de la solidaridad. Si se puede hacer este desembolso multimillonario para tapar los agujeros de los ricos, entonces ni el 0,7% del PIB ni otras formulas de cooperación con los países subdesarrollados, provocan desequilibrios estructurales ni son inviables económicamente. Vamos que podemos afirmar con Attac y otras organizaciones sociales que “Otro mundo es posible” y añadiría yo, y además “es justo y necesario”.