He superado ya los 50 artículos de la serie "La mar de biodiversidad" que inicié hace un par de años como una parte de mi "dejé los montes y me vine al mar". Un reto personal, divulgar temas ambientales en los que no soy experto, y una manera de 'huir' (o al menos de retirarme un poco) de los temas de la 'gran montaña mediterránea' que habían supuesto buena parte de mi carrera laboral y sobre los que había girado mi (prolija) actividad editorial y divulgativa, con varias series de artículos entre noviembre de 2014 y junio de 2019 agrupados en varias colecciones:
- Sierra Nevada, Paraíso de biodiversidad (74)
- Una montaña de oportunidades (66)
- La huella del cambio global en Sierra Nevada (10)
- Paisaje y paisanaje (30)
En total 180 artículos, si no he contado mal y no se me ha escapado alguno, muchos de ellos a doble página, y a todo color, que muestran Sierra Nevada, su flora y su fauna desde diferentes perspectivas, lugares más famosos y los más recónditos y también hombres y mujeres relacionados con Sierra Nevada. En este blog están 'escondidos' todos y pueden localizarse a través de las etiquetas correspondientes a cada serie.
En esta nueva colección estoy conociendo a todo el ecosistema en torno al mar, la mar, que a veces está tan lejos de la ciudad y con el que tenemos una relación muy tangencial y a veces mediatizada por el cine, la cocina, las leyendas u olvidadas en un rincón de nuestras memorias infantiles.
Esta semana he cruzado este rubricón con otro reportaje dedicado a aves marinas, en esta ocasión, los charranes, conocidos como golondrinas de mar, que en el litoral granadino podemos ver en invierno o en los pasos migratorios y para el que he contado con la colaboración extraordinaria de Lucía García Alcántara que ya colaboró en Gigantes del cielo sobre el Mar de Alborán (el artículo que dedicamos al albatros y al cormorán).
Adjunto enlace a la edición digital en la web del periódico:
‘Golondrinas de mar’
Y así quedó la versión impresa del pasado sábado.
‘Golondrinas
de mar’
La
mar de biodiversidad
Ignacio
Henares Civantos y Lucía García Alcántara
Los
charranes son aves marinas que podemos observar en invierno y en los
periodos de migración. Su diseño aerodinámico les permite realizar
impresionantes acrobacias.
Charranes
patinegros en la orilla
Popularmente
conocidos como ‘golondrinas de mar’, los charranes son visitantes
habituales en nuestro
litoral granadino,
especialmente
durante los periodos de migración
(primavera
y otoño) y
en invierno,
pescando activamente cerca de la orilla o descansando en playas
y acantilados o en infraestructuras
portuarias. Aunque
nuestra orografía carece de grandes marismas o deltas tranquilos, el
hábitat idóneo de estas aves para anidar, sí utilizan nuestra
costa como ‘estación de servicio’ para alimentarse y descansar.
Estos
‘acróbatas del
viento’
son el vivo ejemplo de la biodiversidad que esconde el litoral
granadino, una joya estratégica en la ruta migratoria entre Europa y
África. Poseen
un vuelo de batidos profundos que se vuelve errático cuando buscan
alimento. Realizan un magistral ‘cernido’ de observación,
quedándose suspendidos en el aire, lanzándose
en un picado vertical al localizar su objetivo.
En
nuestro litoral podemos
encontrar dos especies:
el esquivo charrán común (Sterna
hirundo) y el espectacular,
y mucho más abundante, charrán patinegro (Thalasseus
sandvicensis).
El
charrán
patinegro
hace
honor a su nombre con unas inconfundibles patas negras.
Es pálido, esbelto y luce un característico pico largo y negro
rematado por una llamativa punta amarilla. En los adultos
reproductores, destaca una cresta hirsuta y despeinada de color negro
en la nuca. Es un
residente invernal muy
frecuente y se le ve a menudo en playas urbanas, en
el Puerto de Motril o en espigones.
El
charrán
común
es
más pequeño
que
el patinegro; en verano luce
un
capirote negro total, contrastando con el
pico
y las
patas
de un rojo intenso. En
invierno
su frente se vuelve blanca y su pico oscuro. Las aves jóvenes de
esta especie lucen una conspicua franja oscura en el borde del ala.
OTRAS
CITAS.
En
nuestra costa se ha
citado también la presencia, muy
esporádica, del charrancito
común (Sternula
albifrons),
el
más pequeño y nervioso de la familia,
que
podemos identificar por su frente
blanca, el
pico
amarillo de punta negra y su vuelo batido muy rápido. Más
raro
aún
es
observar
al charrán
bengalí (Thalasseus
bengalensis),
aunque
algunos
expertos han
notificado unos
pocos avistamientos
e intentos de reproducción
en la zona. Destaca
por su inconfundible pico de color zanahoria.
Curiosas
adaptaciones
Visión
de precisión. Sus
ojos están adaptados para corregir la refracción
de la luz en
el agua. Ven al pez exactamente donde está, no donde parece estar
debido al reflejo.
Impermeabilización
extrema. Poseen
una glándula (uropigial) muy desarrollada que segrega un aceite con
el que ‘barnizan’ sus plumas. Tras el chapuzón, un simple
sacudido en vuelo los deja secos al instante.
Sal
de sobra. Al beber agua de mar y comer presas saladas,
cuentan con unas glándulas
situadas
encima de los ojos que filtran el exceso de sal,
expulsándola en forma de gotas por las fosas nasales.
¿Dónde
y cuándo observarlos?
Los
charranes son especies mucho más sensibles a la presencia
humana que
otras aves marinas como las gaviotas.
El
Puerto
de Motril y la
Azucarera
del
Guadalfeo
son
los
mejores ‘hoteles’ para el descanso. En los pantalanes y
embarcaderos es
fácil ver grupos de patinegros descansando al sol tras una jornada
de pesca.
La
desembocadura
del Guadalfeo es
una zona
clave para el descanso de aves marinas y limícolas, un punto
crítico para la biodiversidad. Aquí, el agua dulce y salada se
mezclan, ofreciendo un buffet de pequeños peces que atraen a muchas
especies,
especialmente
en los meses más fríos.
Cabo
Sacratif. Para
los amantes del birdwatching,
este saliente es el mejor palco para observar los
charranes durante
los pasos
migratorios.
Los
Acantilados
de Calahonda-Castell y Cerro Gordo destacan
por
sus colonias de gaviotas, pero
ofrecen
buenas oportunidades para ver charranes pescando en aguas abiertas.
Amenazas
para
su
conservación
El
futuro de estas aves pende de un hilo. Al
efecto negativo de la sobrepesca de las especies de las que se
alimenta, hay que sumar la alteración extrema
de su hábitat debido al
desarrollo urbanístico de
todo el litoral o la ocupación para
la agricultura, que
les han privado de lugares
de cría y descanso. Además, se enfrentan a depredadores naturales
y a la agresiva competencia de especies como la gaviota
patiamarilla. Una de sus
mayores fragilidades es que las puestas, en un agujero que hacen
escarbando en la arena, están muy expuestas.
A
todo ello debemos añadir
los efectos de la contaminación por vertidos y plásticos, y la
subida del nivel del mar derivada del cambio climático, que
erosiona y devora los escasos islotes y dunas donde intentan
nidificar.

Charrán
común. Silueta en vuelo
Charrán
patinegro. Silueta en vuelo
¿Cómo
distinguirlos? Siluetas
y vuelo
A
diferencia de las gaviotas (más robustas y de alas anchas), los
charranes tienen una
silueta de golondrina:
alas
largas y muy estrechas,
terminadas en punta. Su cola
es profundamente ahorquillada,
lo que les da una agilidad extrema para las
maniobras áereas.
El
vuelo de
los charranes es
‘nervioso’,
con
un aleteo
constante, rápido y rítmico
que contrasta con el planeo de forma
señorial de
las gaviotas.
Pero
la firma personal de estas aves es la
técnica
del "cernido". Se
quedan suspendidos en un punto fijo en el aire, batiendo las
alas
con fuerza mientras apuntan con el pico hacia abajo, antes de
plegarse como un paraguas y caer en picado. El
patinegro es especialmente espectacular: se zambulle desde alturas de
10 a 15 metros, ejecutando un buceo profundo para atrapar peces, en
una maniobra digna de los grandes alcatraces. El charrán común, en
cambio, suele capturar a sus presas zambulléndose desde menor altura
y de forma más superficial.
¿Sabías
que...?
Ofrendas
de amor:
en
época de celo, el macho ofrece un
pececito
‘de plata’ a
la hembra. Si ella lo acepta, el compromiso está sellado.
A diferencia de
las gaviotas, que son carroñeras y oportunistas, los charranes
comen peces vivos, especialmente boquerón
y sardina joven.
Nota:
Las imágenes corresponden a la web de SEOBirdLife, Sociedad Española
de Ornitología, la ONG de conservación de la naturaleza más
antigua de España.