El insulto sustituye al argumento cuando se señala como ‘fanáticos climáticos’ a los científicos que advierten de la vulnerabilidad de Andalucía a los efectos del cambio climático. He sacado punta en mi columna en El Independiente de Granada a un aspecto del debate electoral en televisión que me ha molestado bastante que me ha impulsado a denunciar públicamente la deriva que está tomando la falta de ciencia y de consciencia de una gran parte de la sociedad.
'La ciencia expulsada del debate electoral' | El Independiente de Granada
La
ciencia expulsada del debate electoral
SACANDO PUNTA
Ignacio Henares
Civantos
El
insulto sustituye al argumento cuando se señala como ‘fanáticos
climáticos’ a los científicos que advierten de la vulnerabilidad
de Andalucía a los efectos del cambio climático.
Para los que el pasado lunes, en el debate entre
los candidatos, y la candidata, a la presidencia de la Junta de
Andalucía, tuvieran que soportar la demagógica intervención,
trufada de bulos, del representante de Vox, no les pasaría
desapercibida la repetida murga contra la que atacaba acusando,
acusándonos, a los que defendemos la emergencia climática, de ser
unos ‘fanáticos climáticos’.
Estas palabras describen más al que las pronuncia
que a los aludidos y por mucho que se empeñe la persona designada
por Abascal para Andalucía (por ahora, ya sabemos cómo se las gasta
con los suyos el dirigente ultraderechista), y por mucho que se
empeñe la extrema derecha con esas palabras, no puede describir la
realidad, solamente puede deformarla.
Estas etiquetas, (me resisto a utilizar el
anglicismo #hashtag), no nacen para explicar un fenómeno sino para
intentar deslegitimarlo. Funcionan con eficacia en titulares y
tertulias, en barras de bar y comentarios de ‘cuñaos’. Al no
poder hacer frente a un debate racional, la extrema derecha,
empoderada por la derecha extrema y esta a su vez acomplejada ante
la otra, quieren convertir una preocupación basada en evidencias en
una supuesta obsesión irracional. Un atajo retórico para evitar el
debate de fondo. No hablar en esta campaña del cambio climático, de
lo que hay que hacer, de lo que se ha hecho, (en Andalucía es más
fácil hablar de lo que se ha dejado de hacer), no va a evitar sus
amenazas, los efectos que está produciendo.
“Dura est veritas, sed veritas est”.
El cambio
climático existe, es una verdad incómoda. La ciencia del clima
lleva décadas acumulando datos, afinando modelos y contrastando
hipótesis. No se trata de una corriente ideológica ni de una moda
pasajera, sino de un cuerpo de conocimiento construido con el método
más exigente que tenemos para entender el mundo. Temperaturas que
suben, glaciares que retroceden, océanos que se acidifican, patrones
de lluvia que cambian. No son opiniones: son mediciones. En realidad
la base del activismo climático proviene de décadas de
investigación en disciplinas como la climatología, la física
atmosférica y la oceanografía a la que se han ido sumando otras
materias que piden la emergencia climática y han ido certificando la
huella que el cambio global está dejando en los ecosistemas.
El consenso científico sobre el calentamiento
global es sólido. Informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio
Climático (IPCC), que sintetizan miles de estudios revisados por
pares, concluyen que el calentamiento observado desde el siglo XX se
debe principalmente a emisiones humanas de gases de efecto
invernadero. Este consenso no es una ‘opinión’, sino el
resultado acumulado de evidencias: mediciones de temperatura,
concentraciones de CO₂, retroceso de glaciares, cambios en
ecosistemas, etc. Y ni los miles de fakes news ni los centenares de
tontos del bulo pueden dar la vuelta a esta realidad científicamente
incontestable. Como que la Tierra es (más o menos) redonda y que
venimos, metafóricamente, del mono, (más correcto sería decir que
compartimos un antepasado común con chimpancés, gorilas y
orangutanes).
Las derechas carecen de conciencia ecológica,
esto ha sido siempre así, pero en este punto lo que están haciendo
es un desprecio a uno de los grandes retos de la Humanidad por
prejuicios ideológicos (y por defender a las poderosas industrias
principales responsables de la emisión de gases de efecto
invernadero). Y,
contradiciendo a Serrat, esta verdad es triste pero (aún) tiene
remedio si pensamos en las
próximas elecciones teniendo muy en cuenta a las próximas
generaciones.
El recurso al empleo del término “fanatismo”
retrata más a quien lo utiliza que a quiénes lo recibimos. Yo no me
siento ofendido, casi que a estas alturas me siento honrado que
tengan que utilizar estas butades y que coloquen este tema a la par
de su racismo, xenofobia y machismo. Es una forma de orientarse
moralmente también.
Por lo demás es una estrategia conocida, si no
puedes refutar los hechos, cuestiona la motivación de quien los
expone. Si no puedes desmontar los datos, caricaturiza al mensajero.
Así, quien alerta de un problema sistémico pasa a ser un exagerado;
quien pide medidas, un radical; quien exige responsabilidad, un
enemigo del progreso. Santiago Abascal ha ido más lejos e incluso
llegó a decir aquí en Granada, (aparte de hijo de puta al
presidente del gobierno), que el “fanatismo climático tiene
graves consecuencias económicas y sociales y arruina
a la población”.
Pero la realidad no se deja domesticar por el
lenguaje. Los fenómenos extremos, olas de calor más frecuentes,
incendios más intensos, sequías persistentes, no necesitan
adjetivos para manifestarse. Tampoco entienden de marcos ideológicos.
La ciencia es prudente al atribuir causas: no dice que cada evento
concreto tenga un único origen, pero sí mide cómo el calentamiento
global aumenta su probabilidad o agrava su impacto. Ese matiz,
fundamental, suele desaparecer en el ruido del debate político.
Reconocer el cambio climático, conviene
subrayarlo, no obliga a una única respuesta política. Ahí sí hay
espacio legítimo para la discrepancia. Cómo hacer la transición
energética, a qué ritmo, con qué costes y con qué prioridades
sociales sí son cuestiones abiertas al debate. Pero discutir las
soluciones no debería implicar negar el problema ni ridiculizar a
quienes lo señalan.
El término “fanatismo climático” cumple,
además, otra función menos visible: tranquiliza, anestesia, tiene
un efecto placebo. Permite a quien lo pronuncia situarse en una
cómoda equidistancia, como si entre la evidencia científica y su
negación hubiera un punto medio razonable. Como si la moderación
consistiera en no tomarse demasiado en serio los datos científicos y
las evidencias. Es una forma de convertir la irresponsable inacción
en aparente sensatez.
Y, sin embargo, lo verdaderamente razonable, lo
verdaderamente prudente, es atender a la ciencia y sus evidencias. No
por alarmismo, sino por responsabilidad. Porque las decisiones que se
tomen hoy, o que se eviten, tendrán consecuencias acumulativas
durante décadas. Si no enfrentamos y afrontamos ahora, ya, los
perjuicios serán mayores y los costes de reparación mayores. Mirar
hacia otro lado será mucho más caro que actuar a tiempo.
Quizá el problema no sea el supuesto “fanatismo”
de quienes advierten del riesgo, sino la ligereza con la que se
descalifica el conocimiento cuando incomoda. Quizá lo preocupante no
sea el exceso de celo, sino la escasez de rigor en el debate público.
Y quizá, solo quizá, haya llegado el momento de abandonar los
eslóganes y enfrentarse a los hechos, aunque no encajen en el
relato.