En el Independiente de Granada tienen como lema "Alguien tenía que contarlo" y bien que cumplen con él porque su status y su código ético les permite tratar temas que no se encuentran en otros medios y si lo hacen es de manera sesgada y partidaria. Yo me lo he tomado a pecho sacando punta a un tema que no verás en otros medios y apuntando 'por todo lo alto'. Y no le he metido mano al impacto visual y paisajístico...
¿Cultivar nieve o sembrar contenedores? | El Independiente de Granada
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¿Cultivar nieve o sembrar contenedores?
SACANDO PUNTA
Ignacio Henares Civantos
La licitación de las nuevas ‘fábricas de nieve’ reaviva el debate sobre la sostenibilidad en la estación de esquí. Tras el fallido precedente de las lonas térmicas, la tecnología choca de nuevo con un factor insalvable: la radiación y la latitud del macizo más meridional de Europa.
Nadie pone en duda que la joya invernal de Granada se enfrenta al mayor desafío de su historia: la crisis climática. La necesidad de Cetursa de buscar soluciones tecnológicas para blindar la temporada y proteger el motor económico que la estación representa para nuestra provincia es no solo comprensible, sino una obligación de gestión. El debate real, sin embargo, no está en la intención de salvar la temporada, sino en si las herramientas elegidas son sostenibles a largo plazo o si constituyen un costoso aplazamiento de una realidad inevitable.
La reciente licitación de los contenedores ‘fabricahielos’ pone de nuevo sobre la mesa esta controversia. La promesa técnica es innegable: producir nieve con temperaturas ambientales de hasta 15 o 20 grados positivos. Sobre el papel, suena al salvavidas perfecto para las cotas bajas y las zonas de principiantes, en esa carrera continua por asegurar la apertura temprana de la estación, en competición con otros destinos, más una estrategia de marketing que una auténtica oferta de kilómetros disponibles para la práctica del esquí alpino y del snowboard. No obstante, cuando analizamos los costes colaterales, las frías matemáticas de la termodinámica chocan con las de la sostenibilidad, con la que se presume que la estación trabaja. Entonces empiezan a aflorar algunos ‘decimales’ que conviene tener en cuenta.
Los cañones de nieve producida convencionales aprovechan el frío real de la sierra granadina, consumiendo entre 1 y 4 kWh por cada metro cúbico producido. En cambio, el esfuerzo energético de ‘fabricar invierno’ de forma artificial en mitad de un otoño templado, dispara el consumo de la SnowFactory hasta una horquilla de entre 21 y 31 kWh por metro cúbico. Hablamos de multiplicar la factura eléctrica por diez o por treinta para obtener el mismo volumen. Con un gasto que supera los 3.000 kWh diarios por unidad instalada en puntos como los que se pretende (Borreguiles o El Río), el peaje energético equivale a mantener encendidos cientos de hogares de golpe, una paradoja ambiental difícil de encajar cuando el objetivo global es reducir emisiones.
A este balance eléctrico hay que sumarle el recurso más preciado de nuestra geografía: el agua. Cada metro cúbico de esta costra blanca compacta requiere unos 450 litros de agua líquida. En un escenario andaluz de estrés hídrico estructural, destinar millones de litros para sostener capas de hielo denso bajo el sol otoñal plantea un dilema ético y de gestión de recursos que no se puede obviar.
Además estos artefactos solo tienen fuerza para proyectar la ‘nieve’ a apenas unos 150 metros, lo que requiere el posterior despliegue de máquinas pisanieves para esparcirla, sumando más energía consumida, más horas de operarios y más emisiones a la ecuación. Más dudas sobre que sea una solución verde y vanguardista.
Otro aspecto a considerar se refiere a la calidad de la nieve producida por estos ‘containers’. Lo que expulsan estas mini fábricas de nieve es más bien hielo, una escama gruesa, compacta, densa y picada semejante a la que mantiene el pescado fresco en los mostradores del Mercado de San Agustín. La experiencia de deslizamiento por esta superficie dista mucho de la excelencia que se le presupone a una estación de élite.
A menudo se justifican estas inversiones argumentando que estas infraestructuras ya se utilizan con éxito en otros lugares del mundo. Sin embargo, ese análisis adolece de un grave error geográfico: olvida nuestra latitud. Sierra Nevada es el macizo montañoso más meridional de Europa. Pretender aplicar aquí, a un paso del Mediterráneo, a escasos kilómetros del continente africano, y bajo la intensa radiación solar del sur de España, las mismas recetas tecnológicas que funcionan en las umbrías alpinas o en el norte de Europa, es ignorar nuestra propia identidad climática.
Pirineos está 1.000 kilómetros al norte, Chamonix, unos 1.500. Para explicarlo gráficamente, siguiendo la regla de Hopkins, es como si nuestra gran montaña fuera unos 700 o 1200 metros más baja para compensar este gradiente latitudinal.
Además, la nieve, a nuestra latitud, por la alta insolación y el viento, tiene un comportamiento particular, (que la ingeniería centroeuropea no contempla), sublimándose, es decir pasando directamente de sólido a gas, más de una cuarta parte según diversos estudios científicos.
No es, desde luego, la primera vez que caemos en este tipo de espejismos. Ya me preguntaba en estas mismas páginas, bajo el título
¿Cultivar nieve en Sierra Nevada?,
por qué nos empeñábamos en sostener ficciones imposibles en la cumbre. Aquella vez el detonante fue el sonado fracaso de las absurdas lonas térmicas, snowfarming, con las que se pretendía tapar y proteger la nieve del sol del verano; un parche tan costoso como inútil; este proyecto acabó abandonado ante la terca realidad del termómetro. Aquella ocurrencia textil demostró que la naturaleza no atiende a decorados, pero hoy parecemos decididos a tropezar con la misma piedra, cambiando las mantas del pasado por los contenedores devoradores de electricidad del presente.
La licitación de la compra de dos contenedores para producir nieve que ha hecho CETURSA se eleva a 1,3 millones de euros. Esa cantidad debe ser complementada por costosas acometidas eléctricas de alta potencia y mantenimiento especializado. La pregunta de fondo que debemos hacernos como sociedad no es si estamos a favor o en contra de la modernización de nuestra estación de esquí. Lo que debemos cuestionarnos es si este modelo de inversión pública es una estrategia de adaptación real al nuevo escenario socioecológico o una huida hacia adelante. La tecnología debe ser una aliada para mitigar el cambio climático, pero nunca un decorado insostenible para intentar ignorarlo.







