Sigo "sacando punta" desde mi columna, ya en precampaña. Yo también me apunto a "el que haga hacer que pueda" pero desde otra perspectiva a la que exhortaba Jose Mari el que quería engañarnos con lo de las armas nucleares en otra guerra ilegal como la que sufrimos actualmente.
'No se frena a la extrema derecha votando a la derecha extrema' | El Independiente de Granada
No
se frena a la extrema derecha votando a la derecha extrema
Sacando punta
Ignacio Henares Civantos
Ya tenemos fecha para las elecciones autonómicas
andaluzas, un poco más precipitadas de lo que se apuntaba,
probablemente, entre otras razones, por el temor del presidente del
gobierno andaluz a que a partir de ahora sólo le cabe ir empeorando.
La estrategia, ideada e impuesta por los gurús de
Génova, de celebrar elecciones anticipadas en varias regiones para
desgastar a Pedro Sánchez y sacudirse la dependencia de Vox, ha
resultado en gran parte fallida. Tanto en Extremadura como en Aragón
y Castilla-León, la extrema derecha ha mejorado sus posiciones con
respecto a la derecha extrema y los barones del PP han errado en el
objetivo principal perseguido.
En este panorama ha resurgido un argumento que ya
benefició al PP andaluz en las pasadas elecciones cuando se comió
todo el voto de centro, buena parte provenía de sectores
conservadores, pero también arañó en un espacio sociológico
andaluz que históricamente ha sido reacio a la derecha, por su
comportamiento histórico en nuestra tierra, antes y después, de la
conquista de la autonomía, y en parte también por los agravios
comparativos y abandonos de los gobiernos de Aznar y Rajoy.
Hace cuatro años funcionó un ‘peligroso’
argumento al que ahora vuelven a recurrir: votar al Partido Popular
es necesario para frenar a Vox. Una consigna que podría sonar
razonable en la superficie, ‘un mal menor’, dicen algunos, pero
que en realidad funciona como la mejor herramienta de consolidación
de la extrema derecha en el gobierno andaluz y, por extensión, en
España. Recordemos que el cordón sanitario se rompió aquí en
Andalucía con el pacto, nunca bien explicado con Ciudadanos y Vox,
con el que el PP quedó desvirgado, la ultraderecha blanqueada y
empezó la cuenta atrás de la desaparición de los naranjitos.
Desde que irrumpieron los parlamentos autonómicos
con un discurso abiertamente reaccionario, el Partido Popular ha
pasado de fingir distancia ideológica a normalizar la colaboración
con Santiago Abascal y los suyos. Hoy, incluso las diferencias
programáticas son tan finas que cuesta distinguir dónde termina la
derecha ¿moderada? y donde empieza la extrema derecha. Lo que antes
se consideraba una línea roja, pactar con un partido que cuestiona
derechos básicos, niega la violencia machista o el cambio climático,
hoy es la base de las negociaciones de gobierno en media España.
Recientemente Alberto Núñez Feijóo ha dado luz
verde a una estrategia de acuerdos con Vox “donde sea necesario”
para alcanzar el poder, abandonando cualquier pretensión de
aislamiento político. Lo que se presenta como un pragmatismo
electoral ha terminado por diluir la frontera entre conservadurismo y
extremismo. El propio líder, (por ahora) del PP sabe que su mayoría,
tanto autonómica como nacional, depende en última instancia de
quienes pretenden suplantar la Constitución por un programa de
pureza moral y nacionalista.
El proceso se ha acelerado. Se han intensificado
las negociaciones en las comunidades autónomas pendientes de formar
gobierno y pretenden cerrar acuerdos antes de que la campaña
andaluza entre en su fase decisiva. Vox, por pura táctica electoral,
no quiere que se perciba su posición como de bloqueo. Su líder ya
ha dejado claro que no volverá a conformarse con un papel de apoyo
externo, exigiendo formar parte de los gobiernos autonómicos para
“demostrar utilidad política”.
Paradójicamente esa aceleración de los pactos
para el PP puede representar más que un síntoma de fuerza, una
muestra de debilidad. Feijóo y Juanma Moreno necesitan a Vox tanto
como Vox los necesita a ellos. A ambos les interesa más la foto de
la “derecha unida, jamás será vencida” como
trampolín hacia Sevilla y de tapón para otra alternativa. Ambos
partidos forman parte de un ecosistema político en el que las
diferencias se diluyen bajo una fórmula de poder compartido. Pero
cuando el PP gobierna con Vox, la agenda política deja de ser la del
centro reformista del que presumen para convertirse en el vehículo
de las ideas ultraconservadoras que decían querer frenar.
Andalucía de nuevo se va a convertir en terreno
de experimentos políticos a escala nacional como ocurrió en 2018.
Desde entonces, Juanma Moreno ha ido cultivando meticulosamente una
imagen de aparente moderación: pose serena, declaraciones
conciliadoras, apelación constante al sentido común y ahora, (a
falta de una buena gestión que echarse a la boca), con el discurso
de la estabilidad y “que no haya líos”.
Hasta ahora la extrema derecha no ha necesitado
ocupar consejerías para influir: su presencia en el debate público
ha bastado para marcar la agenda. Si ahora el PP obtiene un resultado
ajustado y necesita nuevamente su apoyo, ese margen de influencia se
convertirá en poder ejecutivo real. Si el PP necesita su respaldo,
la cesión será explícita: vicepresidencias, consejerías, control
mediático y la legitimación institucional de un partido que niega
los cimientos democráticos básicos del pacto constitucional. Un
troyano en la Junta de Andalucía que la acabará destruyendo;
quizás sea la justificación que necesita el PP para continuar su
programa de desmantelamiento de los servicios públicos, mediante la
re-centralización y la externalización.
Es en este marco político en el que se plantea el
dilema de la tesis del voto útil que ya se repite en tertulias,
columnas y campañas, abonadas a la consigna “el que pueda hacer
que haga”. Ahora nos bombardearán con el mantra de “si
la izquierda está débil y dividida y el miedo a la
ultraderecha crece, lo prudente es votar al PP para evitar que Vox
entre en el gobierno”. Pero esa lógica olvida que el PP ya ha
asumido de facto gran parte de su programa. Cuando se derogan leyes
de memoria democrática, se aprueban discursos sobre inmigración
descontrolada o ideología de género, no hace falta que Vox
gobierne: ya gobierna a través del PP.
El propio Juanma Moreno lo ha reconocido en más
de una ocasión. En su intento de diferenciarse de Madrid, donde
Ayuso hace gala de la confrontación ideológica, el presidente
andaluz ha optado por una estrategia de asimilación silenciosa. No
grita las tesis de Vox, las susurra, como hace a las vacas. Pero el
resultado es el mismo: una normalización del discurso
ultraconservador bajo el barniz de cortesía institucional.
El riesgo, por tanto, no es que Vox entre en el
gobierno andaluz, sino que el propio PP se ha convertido en el
vehículo eficiente de su ideario, legitimándolo con el voto de
quienes creen estar votando estabilidad. Si algo demuestra la
política española de los últimos años, es que la frontera entre
el pragmatismo y la complacencia con el extremismo se cruza mucho
antes de lo que parece.
Nuestra respuesta no puede ser la resignación. Ni
sucumbir al falso voto útil para frenar a la ultraderecha, ni la
abstención por pasividad, ni mucho menos la banalización del
discurso ultra, resolverán el problema. La única vía para frenar
la normalización de la extrema derecha es reconstruir una
alternativa democrática de verdad: un proyecto progresista y plural
que no compita en el terreno moral del miedo, sino en el de la
justicia social, la igualdad y la defensa de los servicios públicos.
Necesitamos un liderazgo político potente, capaz,
solvente, experimentado, capaz de sostener los principios de un nuevo
y verdadero andalucismo, que confíe en el autogobierno y que deje de
relamerse en los supuestos agravios comparativos. En Andalucía,
donde conviven historia, orgullo y heridas, ceder el gobierno a
quienes niegan la memoria y la diversidad sería volver atrás.
Debemos liderar, otra vez, desde el sur, la reconfiguración del mapa
de competencias y de financiación autonómica a partir del “ni
más, ni menos” que otras
regiones y nacionalidades.
La decisión,
libre, soberana, responsable, de votar no es un ejercicio técnico
sino una apuesta moral y ética. Cada papeleta dibuja una línea de
futuro, y apostar por ese mal menor, puede ser ahora renunciar al
mejor posible. Quien vote al PP pensando que así frena a Vox, en
realidad lo fortalece. El verdadero freno a Vox no está en apoyar a
su socio, sino en construir una mayoría progresista que no dependa
de él.
Ahora que conozco a María Jesús Montero más de
cerca, que la he visto trabajar, dirigir el PSOE-A, que estoy
escuchando sus propuestas y sus apuestas de futuro defendiendo los
servicios públicos con ‘ardor guerrero’, estoy mucho más
convencido que es la persona que puede representar esa pulsión de
cambio que está germinando en muchos sectores sociales que llevan
años lamentándose de que vamos a peor pero no habían visto hasta
ahora la posibilidad de darle la vuelta a las encuestas.
He leído en algún sitio que podemos explicar
esta tesitura con el ejemplo de los Hermanos Calatrava. No vayamos
otra vez a, huyendo del ‘feo/feo, caer en manos del otro hermano;
si bien aparentemente era más serio, mejor presentado y cantaba algo
mejor, no era guapo, sino un poco menos feo: Pero sobre todo, hay que
tener en cuenta que los dos iban en el mismo paquete humorístico y
formaban un dúo inseparable con un reparto de papeles y un apoyo
mutuo.