martes, 15 de septiembre de 2026

¿Cultivar nieve o sembrar contendedores?

En el Independiente de Granada tienen como lema "Alguien tenía que contarlo" y bien que cumplen con él porque su status y su código ético les permite tratar temas que no se encuentran en otros medios y si lo hacen es de manera sesgada y partidaria. Yo me lo he tomado a pecho sacando punta a un tema que no verás en otros medios y apuntando 'por todo lo alto'. Y no le he metido mano al impacto visual y paisajístico...

¿Cultivar nieve o sembrar contenedores? | El Independiente de Granada

 https://www.elindependientedegranada.es/blog/cultivar-nieve-sembrar-contenedores


¿Cultivar nieve o sembrar contenedores?


SACANDO PUNTA

Ignacio Henares Civantos

La licitación de las nuevas ‘fábricas de nieve’ reaviva el debate sobre la sostenibilidad en la estación de esquí. Tras el fallido precedente de las lonas térmicas, la tecnología choca de nuevo con un factor insalvable: la radiación y la latitud del macizo más meridional de Europa.


Nadie pone en duda que la joya invernal de Granada se enfrenta al mayor desafío de su historia: la crisis climática. La necesidad de Cetursa de buscar soluciones tecnológicas para blindar la temporada y proteger el motor económico que la estación representa para nuestra provincia es no solo comprensible, sino una obligación de gestión. El debate real, sin embargo, no está en la intención de salvar la temporada, sino en si las herramientas elegidas son sostenibles a largo plazo o si constituyen un costoso aplazamiento de una realidad inevitable.

La reciente licitación de los contenedores ‘fabricahielos’ pone de nuevo sobre la mesa esta controversia. La promesa técnica es innegable: producir nieve con temperaturas ambientales de hasta 15 o 20 grados positivos. Sobre el papel, suena al salvavidas perfecto para las cotas bajas y las zonas de principiantes, en esa carrera continua por asegurar la apertura temprana de la estación, en competición con otros destinos, más una estrategia de marketing que una auténtica oferta de kilómetros disponibles para la práctica del esquí alpino y del snowboard. No obstante, cuando analizamos los costes colaterales, las frías matemáticas de la termodinámica chocan con las de la sostenibilidad, con la que se presume que la estación trabaja. Entonces empiezan a aflorar algunos ‘decimales’ que conviene tener en cuenta.

Los cañones de nieve producida convencionales aprovechan el frío real de la sierra granadina, consumiendo entre 1 y 4 kWh por cada metro cúbico producido. En cambio, el esfuerzo energético de ‘fabricar invierno’ de forma artificial en mitad de un otoño templado, dispara el consumo de la SnowFactory hasta una horquilla de entre 21 y 31 kWh por metro cúbico. Hablamos de multiplicar la factura eléctrica por diez o por treinta para obtener el mismo volumen. Con un gasto que supera los 3.000 kWh diarios por unidad instalada en puntos como los que se pretende (Borreguiles o El Río), el peaje energético equivale a mantener encendidos cientos de hogares de golpe, una paradoja ambiental difícil de encajar cuando el objetivo global es reducir emisiones.

A este balance eléctrico hay que sumarle el recurso más preciado de nuestra geografía: el agua. Cada metro cúbico de esta costra blanca compacta requiere unos 450 litros de agua líquida. En un escenario andaluz de estrés hídrico estructural, destinar millones de litros para sostener capas de hielo denso bajo el sol otoñal plantea un dilema ético y de gestión de recursos que no se puede obviar.

Además estos artefactos solo tienen fuerza para proyectar la ‘nieve’ a apenas unos 150 metros, lo que requiere el posterior despliegue de máquinas pisanieves para esparcirla, sumando más energía consumida, más horas de operarios y más emisiones a la ecuación. Más dudas sobre que sea una solución verde y vanguardista.

Otro aspecto a considerar se refiere a la calidad de la nieve producida por estos ‘containers’. Lo que expulsan estas mini fábricas de nieve es más bien hielo, una escama gruesa, compacta, densa y picada semejante a la que mantiene el pescado fresco en los mostradores del Mercado de San Agustín. La experiencia de deslizamiento por esta superficie dista mucho de la excelencia que se le presupone a una estación de élite.

A menudo se justifican estas inversiones argumentando que estas infraestructuras ya se utilizan con éxito en otros lugares del mundo. Sin embargo, ese análisis adolece de un grave error geográfico: olvida nuestra latitud. Sierra Nevada es el macizo montañoso más meridional de Europa. Pretender aplicar aquí, a un paso del Mediterráneo, a escasos kilómetros del continente africano, y bajo la intensa radiación solar del sur de España, las mismas recetas tecnológicas que funcionan en las umbrías alpinas o en el norte de Europa, es ignorar nuestra propia identidad climática.

Pirineos está 1.000 kilómetros al norte, Chamonix, unos 1.500. Para explicarlo gráficamente, siguiendo la regla de Hopkins, es como si nuestra gran montaña fuera unos 700 o 1200 metros más baja para compensar este gradiente latitudinal.

Además, la nieve, a nuestra latitud, por la alta insolación y el viento, tiene un comportamiento particular, (que la ingeniería centroeuropea no contempla), sublimándose, es decir pasando directamente de sólido a gas, más de una cuarta parte según diversos estudios científicos.

No es, desde luego, la primera vez que caemos en este tipo de espejismos. Ya me preguntaba en estas mismas páginas, bajo el título 

¿Cultivar nieve en Sierra Nevada?

por qué nos empeñábamos en sostener ficciones imposibles en la cumbre. Aquella vez el detonante fue el sonado fracaso de las absurdas lonas térmicas, snowfarming, con las que se pretendía tapar y proteger la nieve del sol del verano; un parche tan costoso como inútil; este proyecto acabó abandonado ante la terca realidad del termómetro. Aquella ocurrencia textil demostró que la naturaleza no atiende a decorados, pero hoy parecemos decididos a tropezar con la misma piedra, cambiando las mantas del pasado por los contenedores devoradores de electricidad del presente.

La licitación de la compra de dos contenedores para producir nieve que ha hecho CETURSA se eleva a 1,3 millones de euros. Esa cantidad debe ser complementada por costosas acometidas eléctricas de alta potencia y mantenimiento especializado. La pregunta de fondo que debemos hacernos como sociedad no es si estamos a favor o en contra de la modernización de nuestra estación de esquí. Lo que debemos cuestionarnos es si este modelo de inversión pública es una estrategia de adaptación real al nuevo escenario socioecológico o una huida hacia adelante. La tecnología debe ser una aliada para mitigar el cambio climático, pero nunca un decorado insostenible para intentar ignorarlo.



jueves, 10 de septiembre de 2026

La ‘Granada digital’: 745 millones en la nube y la basura en la acera

 Hoy le saco punta a la asimetría del cubo de basura. 

La ‘Granada digital’: 745 millones en la nube y la basura en la acera | El Independiente de Granada



La ‘Granada digital’: 745 millones en la nube y la basura en la acera

Sacando punta

Ignacio Henares Civantos


Mientras los granadinos vamos asumiendo el impacto de las nuevas tasas municipales, el megacontrato de basura de 745 millones de euros —desatascado tras un lustro de parálisis administrativa— prometía revolucionar la limpieza mediante satélites e inteligencia artificial. Sin embargo, tras sus primeros meses de vigencia, la realidad a pie de calle desmiente la propaganda oficial: la tecnología de vanguardia se queda en ‘la nube’ y en el centro histórico, mientras los barrios periféricos acumulan mugre, promesas rotas y una desigualdad urbana que nos olíamos y que ya se puede oler.

Hubo un tiempo en que las promesas electorales y los grandes anuncios de gestión municipal se medían en ladrillos, rotondas o kilómetros de tranvía. Hoy, en la era de la transición ecológica y la revolución digital, la opulencia institucional se mide en toneladas de desperdicios y algoritmos de vaciado. El Ayuntamiento de Granada sacó pecho de manera histórica al rubricar el mayor contrato público de la corporación municipal en las últimas décadas: la adjudicación definitiva del servicio de limpieza viaria y recogida de residuos a la empresa FCC Medio Ambiente. No hubo sorpresas, todo apuntaba a esta empresa que coincide casualmente con su salida inminente del Palacio de Congresos. Las cifras que acompañaron al anuncio marean a cualquier contribuyente de a pie: setecientos cuarenta y cinco millones de euros (lo pongo ahora en letra), comprometidos para los próximos quince años.

Visto sobre el papel institucional, Granada parecía a punto de convertirse en la vanguardia de las capitales europeas. El nuevo modelo prometía enterrar cincuenta y cinco años de monopolio del anterior sistema para dar paso a una suerte de utopía de la ingeniería urbana. Nos prometieron contenedores sensorizados con más de cinco millones de euros de inversión para calcular la frecuencia óptima de llenado, miles de nuevas papeleras inteligentes, rutas dinámicas diseñadas por satélite y una modernización de la flota de camiones que ríete tú de la NASA. Se acabó el azar, se acabó el ir a ciegas. La inteligencia artificial venía a rescatarnos de nuestros propios desperdicios.

La gestación del megaproyecto no estuvo exenta de drama, lo que ya hacía prever que el idilio tecnológico nacería torcido. El concurso público estuvo paralizado durante un lustro por un cruce destructivo de recursos y litigios administrativos interpuestos por las empresas que optaban al millonario pastel. El Tribunal Administrativo de Contratos Públicos tuvo que intervenir para desbrozar un camino plagado de impugnaciones de las competidoras, incluyendo las de PreZero, (el el brazo especializado en la gestión de residuos, reciclaje y economía circular del grupo Swcharz, gigante alemán propietario de Lidl y Kaufland), hasta que finalmente el gobierno municipal consiguió desatascar la firma oficial y dar el pistoletazo de salida definitivo. El equipo de gobierno respiró aliviado prometiendo una eficiencia sin precedentes y anunciando solemnemente que cada seis meses se evaluaría rigurosamente el cumplimiento del pliego.

Pues bien, ya han pasado los primeros meses desde la transición efectiva del servicio y la evaluación que se palpa en la calle dista mucho de los informes de powerpoint de la plaza del Carmen. No hace falta esperar a las comisiones técnicas periódicas para certificar que el gran hito de la gestión municipal sufre una asimetría alarmante. Mientras los sensores de última generación envían sofisticados paquetes de datos a la nube, los granadinos de a pie lo que acumulan en las aceras son cajas de cartón, bolsas rasgadas y capas de mugre que no entienden de microchips.

La ironía de gastar 745 millones de euros para tener una ciudad que los vecinos perciben más sucia que nunca no es solo un fracaso logístico; es una profunda injusticia social que redibuja las fronteras de la desigualdad en Granada. Porque, como suele ocurrir con la distribución del presupuesto público, la limpieza no se reparte con criterios de equidad, sino de visibilidad. El escaparate turístico del centro, el eje institucional y los entornos catalogados como Bien de Interés Cultural reciben el despliegue ornamental, el mimo de las papeleras de diseño y el paso constante de las brigadas de limpieza. Al fin y al cabo, hay que cuidar la postal que se vende al exterior.

Sin embargo, basta alejarse unos cientos de metros del epicentro turístico para que la realidad golpee con fuerza nuestros sentidos del olfato y la vista. Las denuncias de las asociaciones vecinales y los grupos de la oposición no han dejado de arreciar en los distritos periféricos. Vecinos del Zaidín, de la Chana o del distrito Norte asisten atónitos al espectáculo diario de islas de contenedores desbordadas donde las rutas dinámicas parecen haberse vuelto invisibles. En estos barrios, los sensores de llenado sirven para poco más que para decorar el plástico mugriento de unos depósitos que pasan días esperando el camión. La asimetría es flagrante: se pagan los mismos impuestos de recogida de residuos —con el consiguiente hachazo fiscal de las nuevas tasas anuales impuestas por imperativo europeo— pero se reciben servicios de categorías completamente distintas.

¿De qué le sirve a un vecino de los Pajaritos o de Joaquina Eguaras saber que la empresa concesionaria utiliza camiones con emisiones reducidas si las cacas de perro colonizan las aceras durante semanas y las manchas de grasa se incrustan en el asfalto hasta volverse permanentes? La brecha urbana de Granada ya no solo se mide en el desempleo estructural o en la dificultad de acceso a una vivienda digna; ahora también se mide en el grosor de la capa de polvo que cubre las calles de los barrios de las clases medias frente al relumbrón abrillantado del entorno de la Catedral.

El problema de confiarlo todo a los millones y a la tecnofilia es que se olvida el factor humano. Una papelera inteligente que avisa cuando está llena es un avance inútil si detrás no hay un operario con una escoba y un sueldo digno listo para vaciarla a tiempo. El despliegue de maquinaria de última generación queda en mera propaganda si la plantilla real a pie de calle no se dimensiona de acuerdo a las necesidades reales de una ciudad con una fisionomía tan compleja como la nuestra, plagada de cuestas, callejones estrechos y plazas recónditas.

La oposición municipal ya ha empezado a afilar los cuchillos de cara a las próximas revisiones del contrato, exigiendo auditorías reales y no meros trámites burocráticos. Y tienen motivos. El riesgo de estos megacontratos a quince años es que hipotecan el futuro de la ciudad con una rigidez pasmosa. Si el servicio empieza fallando en su primer año de rodaje, cuando la maquinaria es nueva y el entusiasmo de la adjudicataria debería estar en máximos, da escalofríos pensar en cómo estará la situación dentro de una década.

Para sacarle punta a este entuerto, la conclusión es casi filosófica: nos han vendido una Granada digital del siglo XXII pero nos están dejando una gestión de los residuos que arrastra las inercias más rancias del siglo pasado. El equipo de gobierno debería recordar que el ciudadano no juzga la eficacia de sus gobernantes por el volumen de los contratos millonarios que firma ante la prensa, sino por el estado del suelo que pisan sus zapatos al salir de casa por la mañana. Menos sensores de oro y más agua a presión.

Menos satélites orientando camiones y más atención a los barrios que sostienen esta ciudad económica y socialmente. Porque, de lo contrario, los únicos que terminarán haciendo un negocio redondo con los 745 millones serán los que recogen los beneficios en sus balances financieros, mientras los granadinos seguimos naufragando en un mar de promesas tecnológicas y calles sin barrer.


sábado, 5 de septiembre de 2026

El comedor de piedras en la Costa Tropical

La vuelta, tras el paréntesis veraniego, a mi sección divulgativa "La mar de biodiversidad" en el periódico Granada Hoy. Enlace a la edición en la web: El comedor de piedras en la Costa Tropical



Y así quedó la versión impresa 



    El comedor de piedras en la Costa Tropical

    La mar de biodiversidad

    Ignacio Henares Civantos

  • Los dátiles de mar forman parte de la familia de los mejillones.

  • Su recolección a golpe de martillo colocó en peligro a sus poblaciones.


    Litophaga litophaga


El dátil de mar (Lithophaga lithophaga) es un molusco bivalvo, pariente por tanto de las almejas, ostras, vieiras, berberechos o navajas. Vive en fondos rocosos calizos y su evolución lo ha convertido en un auténtico especialista de la vida en pequeños huecos que ellos mismos excavan pacientemente. Su tasa de crecimiento es muy baja, la menor de los bivalvos conocidos; por contra posee una elevada longevidad (hasta los 50 años) y una altísima fecundidad, lo que permite una gran dispersión de sus larvas planctónicas tipo veliger

Su concha es alargada, cilíndrica, redondeada en sus extremos, y puede llegar a alcanzar hasta 8-10 cm de longitud; equivalva, (sus dos valvas, izquierda y derecha, son simétricas e iguales entre sí), e inequilateral (sus dos lados no son simétricos respecto al eje que pasa por el vértice); su charnela, (bisagra donde se unen las dos valvas), no tiene ‘dientes’.

La coloración externa es castaña y la superficie tiene unas estrías espirales, más marcadas en los bordes. El interior de las valvas es grisáceo con reflejos violetas-rosados.




Exterior e interior de la concha. litoraldegranada.ugr.es


La mayor concentración de ejemplares grandes se localiza en aguas muy someras, entre los 2 y los 5 metros de profundidad. Aunque pueden habitar desde el nivel del mar, los primeros dos metros suelen ser menos propicios debido al fuerte impacto del oleaje, lo que dificulta que las larvas logren asentarse con éxito. 


Su límite máximo está marcado por la disponibilidad de paredes de roca caliza bien iluminadas o sombrías, libres de sedimentos, lo que raramente supera los 25-30 metros.


Distribución


Presente a lo largo de todo el Mediterráneo, occidental y oriental. En el Atlántico llega hasta Angola, Senegal e islas de Cabo Verde. También está citado en el Índico (Mozambique). En Andalucía ocupa toda la costa mediterránea en el Mar de Alborán y su presencia se concentra en los enclaves de fondos duros y acantilados calizos destacando las poblaciones de los acantilados de Calahonda-Castell de Ferro y los de Maro-Cerro Gordo.



Mapa de distribución del dátil de mar. Fuente: MITECO


La química frente a las ‘barbas’ del mejillón


En la familia de los mejillones encontramos estrategias diferentes para fijarse al sustrato. El dátil de mar se introduce en las rocas gracias a unas glándulas que secretan unas sustancias ácidas que disuelven el carbonato cálcico. Este proceso químico, combinado con un sutil movimiento mecánico de sus valvas, le permite excavar galerías a medida que crece, pasando toda su vida adulta protegido en el interior de la roca, asomando únicamente sus sifones para filtrar el agua y alimentarse de plancton.




El resto de los mejillones se adhieren a la superficie de las rocas mediante el biso, (también llamado 'barbas'), un conjunto de hilos que segregan para pegarse con fuerza a las rocas (o a las cuerdas en el caso de los cultivos marinos). Está formado por fibras naturales, una mezcla de proteínas duras e iones de metal que sirven como ancla y pegamento ultra fuerte para no ser arrastrados por las olas.


Arquitectura submarina para la biodiversidad


Lejos de ser un mero habitante pasivo, el dátil de mar actúa como un ingeniero de ecosistemas fundamental para los fondos rocosos de nuestra Costa Tropical.


Las galerías que perfora pacientemente a lo largo de sus dilatados ciclos de vida, transforman por completo el sustrato rígido. Al morir los ejemplares, las cavidades tubulares vacías se convierten en microhábitats perfectos, refugios seguros y zonas de reproducción para una ingente cantidad de especies como pequeños crustáceos, poliquetos, briozoos e incluso alevines de peces costeros que colonizan estos túneles de piedra, incrementando de forma directa la biodiversidad y la complejidad estructural de nuestro litoral.


Problemas de conservación


El principal talón de Aquiles del dátil de mar radica en la paradoja de su propia protección: para consumirse como un codiciado producto gastronómico, los furtivos deben recolectarlo destruyendo su hábitat natural. Al vivir completamente empotrado en la roca, la única forma de capturarlo es mediante el uso de martillos, cinceles y herramientas neumáticas bajo el agua. Este salvaje método de pesca no solo elimina al bivalvo, sino que arrasa por completo los acantilados marinos, destruyendo toda la comunidad de algas, esponjas y coralígeno que tapiza la roca viva, dejando tras de sí auténticos desiertos submarinos difíciles de recuperar.


Por otro lado, la contaminación de las aguas litorales, la urbanización masiva y la agresivas obras públicas en nuestras costas aumentan los problemas para la regeneración de las poblaciones.



Los dátiles de mar crean un microhábitat singular. litoraldegranada.ugr.es


El alto precio de un manjar prohibido


Debido a su vulnerabilidad y al desastre ambiental que genera su extracción, los dátiles de mar están estrictamente protegidos por la normativa europea, (incluida en el anexo IV de la Directiva Hábitat), estatal, (entre los animales del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial), y andaluza donde fue incluida en el Libro Rojo de los Invertebrados en la categoría de ‘vulnerable’ debido al fuerte impacto histórico que sufrió su hábitat por su recolección. La normativa de pesca marítima de la Junta de Andalucía prohíbe de forma explícita la tenencia, el transporte, el desembarque y la venta en lonjas o establecimientos de restauración, haciendo corresponsable a cualquier restaurante que decida ofrecer este marisco ilegal en sus cartas.


Esta protección jurídica a nivel administrativo tan alta se ve reforzada porque para su extracción se requieren métodos destructivos que ocasionan daños importantes en el fondo marino y un gran perjuicio al medio ambiente por lo que está tipificado como un delito contra la flora y la fauna con penas de prisión que oscilan entre los seis meses y los dos años, además de la inhabilitación especial para el ejercicio del derecho a pescar por un periodo de hasta cuatro años.

Etimología


La palabra dátil viene del griego dáktilos, que luego pasó al latín (dactylus), y significa dedo. El nombre se usó por la forma alargada del fruto de la palmera. La concha alargada, cilíndrica y simétrica, vestida de un color marrón castaño brillante recuerda inevitablemente al fruto de la palmera.


El nombre científico (Lithophaga) proviene del griego antiguo, suma de líthos (piedra) y phagein (comer), por lo que significa literalmente "el que come piedras".