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viernes, 12 de junio de 2026

¡Socialistas, levantaos!

El titular creo que es elocuente. Me pidieron mi opinión sobre el momento actual en Andalucía en el grupo Joly y contesté con esta expresión y un par de reflexiones. Me dijeron que si me ajustaba a los 4.000 caracteres me publicaban en 'Tribuna' para todas las cabeceras el artículo. Y así he resumido mis ideas.

¡Socialistas, levantaos!


¡Socialistas, levantaos!


Ignacio Henares Civantos


En las recientes elecciones autonómicas, los socialistas pedíamos una amplia movilización a los andaluces progresistas. Ese ¡Andaluces, levantaos!, debe convertirse en un ¡Socialistas, levantaos!, que nos reclaman de rebote desde el electorado que, a pesar de todo, ha confiado en el PSOE, un rearme necesario ante “los líos” que se avecinan.


Desde la pérdida del gobierno de la Junta en 2018, cuando MpuntoBonilla pactó con Ciudadanos y Vox, (lo de la lista más votada no convenía al PP y entonces no era de aplicación), los socialistas no hemos sido capaces de conectar con una mayoría decisiva de la sociedad.


Entre las causas que se señalan de esta pérdida de hegemonía se repiten varias ideas: ausencia de liderazgos, falta de renovación real, exceso de dependencia de Ferraz, incapacidad para construir una oposición eficaz o ausencia de un proyecto andaluz reconocible. Ninguna de ellas es la (única) verdad, pero todas son, (en parte), ciertas al mismo tiempo. Y advierto que el acento se pone en una u otras, con diferentes intenciones.


Yo resalto que hemos dedicado más tiempo a la resistencia que a la reconstrucción. No podemos seguir procrastinando la superación de la institucionalización del Partido que debió hacerse antes de la pérdida de poder en Junta y Diputaciones.


Frente a la construida imagen institucional de moderación, tranquila y poco estridente de M.Bonilla, los socialistas hemos aparecido demasiadas veces atrapados entre las guerras internas, el ruido nacional y una oposición centrada en denunciar deterioros de la sanidad o la educación públicas. Problemas graves y reales, sí, pero insuficientes para generar una alternativa de gobierno. No podemos limitarnos a esperar errores del PP o jugarlo todo a una carta. La baraja está llena de naipes con los que poder componer más de un repóker de temas que conecten con las preocupaciones de la gente.


Señalaré inicialmente dos banderas que debemos enarbolar: transición ecológica y feminismo, ambas asociadas al concepto de justicia social. La primera porque no habrá transición ecológica si esta no es justa, sostenible y social, con una implantación mediante procesos participativos. Por otro lado, porque gran parte de las desigualdades que debemos enfrentar tienen rostro femenino, especialmente un enorme espacio de mujeres trabajadoras precarizadas (sanidad, cuidados, educación infantil, hostelería) que sienten que aunque se ha avanzado mucho en igualdad formal, sus condiciones materiales no mejoran.


Propongo que la obligada reflexión y autocrítica pendiente se realice en diálogo con la sociedad a través de un amplio proceso de escucha activa, inicio de una nueva gobernanza, de un modelo estable de relación y de intermediación con la sociedad. Se trata de recuperar, ‘gota a gota’, la confianza que desde hace tiempo hemos perdido ‘a chorros’ en amplias capas de clases medias y trabajadoras.


La historia, y el papel que el PSOE-A ha jugado en la construcción autonómica, nos obliga a levantarnos y superar el varapalo de los resultados electorales y “la que está cayendo” contra los socialistas. Nada puede invalidar nuestra innegable contribución al desarrollo y modernización de Andalucía. Ni se puede cuestionar la labor de miles y miles de socialistas por todos los rincones de nuestra tierra que trabajan con honradez y honestidad. Somos hoy más necesarios que nunca ante el auge del fascismo y debemos volver a ser un instrumento útil y atractivo para ‘la mayoría social de progreso’, especialmente entre la juventud.


Me mojo sobre un asunto clave: la formación del gobierno andaluz. El problema no es si entra o no Vox, como está ocurriendo en otras regiones y se prepara a nivel nacional, sino que el PP ha comprado el discurso de la ultraderecha y están haciendo causa común contra el Estado del Bienestar. M.Bonilla ni quiere, ni puede desmarcarse de la estrategia de Feijóo, ni se va a arriesgar a sacrificar sus aspiraciones por encima de Despeñaperros. 




martes, 21 de abril de 2026

Yo soy 'woke' (y a mucha honra)

Esta semana le saco punta en mi columna en El Independiente de Granada y me declaro woke, aunque en el verdadero sentido de la palabra y no en el que ha derivado por la fachosfera y la carcundia. Lo hago sin chulería pero también sin complejos, y lo uso mas en legítima defensa que como ataque. Si me van a llamar así que se sepa qué significa y por qué lo soy.

Enlace al blog Sacando punta 👉 'Yo soy 'woke' (y a mucha honra)' | El Independiente de Granada



lunes, 6 de abril de 2026

Tontos del bulo en Semana Santa

Me he inventado la ley de Praga, tan tonto del bulo es el que crea como el que propaga y le he sacado punta a los tontos del bulo en esta Semana Santa. ¡Qué cansinos! Ni siquiera santifican las Fiestas.     

La Ley de Praga, tan tonto del bulo es el que inventa como el que propaga.

'Tontos del bulo en Semana Santa' | El Independiente de Granada




martes, 31 de marzo de 2026

No se frena a la extrema derecha votando a la derecha extrema

Sigo "sacando punta" desde mi columna, ya en precampaña. Yo también me apunto a "el que haga hacer que pueda" pero desde otra perspectiva a la que exhortaba Jose Mari el que quería engañarnos con lo de las armas nucleares en otra guerra ilegal como la que sufrimos actualmente. 

'No se frena a la extrema derecha votando a la derecha extrema' | El Independiente de Granada


No se frena a la extrema derecha votando a la derecha extrema

Sacando punta

Ignacio Henares Civantos

Ya tenemos fecha para las elecciones autonómicas andaluzas, un poco más precipitadas de lo que se apuntaba, probablemente, entre otras razones, por el temor del presidente del gobierno andaluz a que a partir de ahora sólo le cabe ir empeorando.

La estrategia, ideada e impuesta por los gurús de Génova, de celebrar elecciones anticipadas en varias regiones para desgastar a Pedro Sánchez y sacudirse la dependencia de Vox, ha resultado en gran parte fallida. Tanto en Extremadura como en Aragón y Castilla-León, la extrema derecha ha mejorado sus posiciones con respecto a la derecha extrema y los barones del PP han errado en el objetivo principal perseguido.

En este panorama ha resurgido un argumento que ya benefició al PP andaluz en las pasadas elecciones cuando se comió todo el voto de centro, buena parte provenía de sectores conservadores, pero también arañó en un espacio sociológico andaluz que históricamente ha sido reacio a la derecha, por su comportamiento histórico en nuestra tierra, antes y después, de la conquista de la autonomía, y en parte también por los agravios comparativos y abandonos de los gobiernos de Aznar y Rajoy.

Hace cuatro años funcionó un ‘peligroso’ argumento al que ahora vuelven a recurrir: votar al Partido Popular es necesario para frenar a Vox. Una consigna que podría sonar razonable en la superficie, ‘un mal menor’, dicen algunos, pero que en realidad funciona como la mejor herramienta de consolidación de la extrema derecha en el gobierno andaluz y, por extensión, en España. Recordemos que el cordón sanitario se rompió aquí en Andalucía con el pacto, nunca bien explicado con Ciudadanos y Vox, con el que el PP quedó desvirgado, la ultraderecha blanqueada y empezó la cuenta atrás de la desaparición de los naranjitos.

Desde que irrumpieron los parlamentos autonómicos con un discurso abiertamente reaccionario, el Partido Popular ha pasado de fingir distancia ideológica a normalizar la colaboración con Santiago Abascal y los suyos. Hoy, incluso las diferencias programáticas son tan finas que cuesta distinguir dónde termina la derecha ¿moderada? y donde empieza la extrema derecha. Lo que antes se consideraba una línea roja, pactar con un partido que cuestiona derechos básicos, niega la violencia machista o el cambio climático, hoy es la base de las negociaciones de gobierno en media España.

Recientemente Alberto Núñez Feijóo ha dado luz verde a una estrategia de acuerdos con Vox “donde sea necesario” para alcanzar el poder, abandonando cualquier pretensión de aislamiento político. Lo que se presenta como un pragmatismo electoral ha terminado por diluir la frontera entre conservadurismo y extremismo. El propio líder, (por ahora) del PP sabe que su mayoría, tanto autonómica como nacional, depende en última instancia de quienes pretenden suplantar la Constitución por un programa de pureza moral y nacionalista.

El proceso se ha acelerado. Se han intensificado las negociaciones en las comunidades autónomas pendientes de formar gobierno y pretenden cerrar acuerdos antes de que la campaña andaluza entre en su fase decisiva. Vox, por pura táctica electoral, no quiere que se perciba su posición como de bloqueo. Su líder ya ha dejado claro que no volverá a conformarse con un papel de apoyo externo, exigiendo formar parte de los gobiernos autonómicos para “demostrar utilidad política”.

Paradójicamente esa aceleración de los pactos para el PP puede representar más que un síntoma de fuerza, una muestra de debilidad. Feijóo y Juanma Moreno necesitan a Vox tanto como Vox los necesita a ellos. A ambos les interesa más la foto de la “derecha unida, jamás será vencida” como trampolín hacia Sevilla y de tapón para otra alternativa. Ambos partidos forman parte de un ecosistema político en el que las diferencias se diluyen bajo una fórmula de poder compartido. Pero cuando el PP gobierna con Vox, la agenda política deja de ser la del centro reformista del que presumen para convertirse en el vehículo de las ideas ultraconservadoras que decían querer frenar.

Andalucía de nuevo se va a convertir en terreno de experimentos políticos a escala nacional como ocurrió en 2018. Desde entonces, Juanma Moreno ha ido cultivando meticulosamente una imagen de aparente moderación: pose serena, declaraciones conciliadoras, apelación constante al sentido común y ahora, (a falta de una buena gestión que echarse a la boca), con el discurso de la estabilidad y “que no haya líos”.

Hasta ahora la extrema derecha no ha necesitado ocupar consejerías para influir: su presencia en el debate público ha bastado para marcar la agenda. Si ahora el PP obtiene un resultado ajustado y necesita nuevamente su apoyo, ese margen de influencia se convertirá en poder ejecutivo real. Si el PP necesita su respaldo, la cesión será explícita: vicepresidencias, consejerías, control mediático y la legitimación institucional de un partido que niega los cimientos democráticos básicos del pacto constitucional. Un troyano en la Junta de Andalucía que la acabará destruyendo; quizás sea la justificación que necesita el PP para continuar su programa de desmantelamiento de los servicios públicos, mediante la re-centralización y la externalización.

Es en este marco político en el que se plantea el dilema de la tesis del voto útil que ya se repite en tertulias, columnas y campañas, abonadas a la consigna “el que pueda hacer que haga”. Ahora nos bombardearán con el mantra de “si la izquierda está débil y dividida y el miedo a la ultraderecha crece, lo prudente es votar al PP para evitar que Vox entre en el gobierno”. Pero esa lógica olvida que el PP ya ha asumido de facto gran parte de su programa. Cuando se derogan leyes de memoria democrática, se aprueban discursos sobre inmigración descontrolada o ideología de género, no hace falta que Vox gobierne: ya gobierna a través del PP.

El propio Juanma Moreno lo ha reconocido en más de una ocasión. En su intento de diferenciarse de Madrid, donde Ayuso hace gala de la confrontación ideológica, el presidente andaluz ha optado por una estrategia de asimilación silenciosa. No grita las tesis de Vox, las susurra, como hace a las vacas. Pero el resultado es el mismo: una normalización del discurso ultraconservador bajo el barniz de cortesía institucional.

El riesgo, por tanto, no es que Vox entre en el gobierno andaluz, sino que el propio PP se ha convertido en el vehículo eficiente de su ideario, legitimándolo con el voto de quienes creen estar votando estabilidad. Si algo demuestra la política española de los últimos años, es que la frontera entre el pragmatismo y la complacencia con el extremismo se cruza mucho antes de lo que parece.

Nuestra respuesta no puede ser la resignación. Ni sucumbir al falso voto útil para frenar a la ultraderecha, ni la abstención por pasividad, ni mucho menos la banalización del discurso ultra, resolverán el problema. La única vía para frenar la normalización de la extrema derecha es reconstruir una alternativa democrática de verdad: un proyecto progresista y plural que no compita en el terreno moral del miedo, sino en el de la justicia social, la igualdad y la defensa de los servicios públicos.

Necesitamos un liderazgo político potente, capaz, solvente, experimentado, capaz de sostener los principios de un nuevo y verdadero andalucismo, que confíe en el autogobierno y que deje de relamerse en los supuestos agravios comparativos. En Andalucía, donde conviven historia, orgullo y heridas, ceder el gobierno a quienes niegan la memoria y la diversidad sería volver atrás. Debemos liderar, otra vez, desde el sur, la reconfiguración del mapa de competencias y de financiación autonómica a partir del “ni más, ni menos” que otras regiones y nacionalidades.

La decisión, libre, soberana, responsable, de votar no es un ejercicio técnico sino una apuesta moral y ética. Cada papeleta dibuja una línea de futuro, y apostar por ese mal menor, puede ser ahora renunciar al mejor posible. Quien vote al PP pensando que así frena a Vox, en realidad lo fortalece. El verdadero freno a Vox no está en apoyar a su socio, sino en construir una mayoría progresista que no dependa de él.

Ahora que conozco a María Jesús Montero más de cerca, que la he visto trabajar, dirigir el PSOE-A, que estoy escuchando sus propuestas y sus apuestas de futuro defendiendo los servicios públicos con ‘ardor guerrero’, estoy mucho más convencido que es la persona que puede representar esa pulsión de cambio que está germinando en muchos sectores sociales que llevan años lamentándose de que vamos a peor pero no habían visto hasta ahora la posibilidad de darle la vuelta a las encuestas.

He leído en algún sitio que podemos explicar esta tesitura con el ejemplo de los Hermanos Calatrava. No vayamos otra vez a, huyendo del ‘feo/feo, caer en manos del otro hermano; si bien aparentemente era más serio, mejor presentado y cantaba algo mejor, no era guapo, sino un poco menos feo: Pero sobre todo, hay que tener en cuenta que los dos iban en el mismo paquete humorístico y formaban un dúo inseparable con un reparto de papeles y un apoyo mutuo.


martes, 24 de marzo de 2026

El presidente desnudo

Tenía escrita esta columna antes de la convocatoria electoral, con nocturnidad y oportunismo, de Moreno Bonilla, pero sirve de mi primer acto de precampaña para fijar criterio sobre mi opinión del presidente de la Junta.

No hay problema o situación que no pueda explicarse con un cuento, en este caso me he agarrado al del rey desnudo ¡Yo no sé qué le ven sus admiradores pero a mí me parece un PRESIDENTE DESNUDO! 

El presidente desnudo | El Independiente de Granada



El presidente desnudo


Sacando punta

Ignacio Henares Civantos


Es difícil entender, si no se analiza con detalle, cómo Moreno Bonilla pasó de ser en 2018 el presidente del PP andaluz con los peores resultados electorales de su partido, (26 diputados, cuatro menos de los que tiene en la actualidad el PSOE), y alcanzar la presidencia de la Junta de Andalucía gracias a los apoyos parlamentarios de Ciudadanos y de Vox, a erigirse en una figura política que ‘trasciende’ su liderazgo por encima del de su partido y allende nuestras fronteras regionales. Un presidente del gobierno andaluz que alcanzó después la mayoría absoluta en 2022, al obtener 58 (de los 109) diputados, que aspira a repetir en las próximas elecciones autonómicas que se celebrarán previsiblemente el 31 de mayo.


Esta ‘transfiguración’ la ha logrado casi sin despeinarse, con un balance de gobierno que, de manera objetiva, podemos calificar de francamente pobre. Un amigo mío dice que es el presidente que ha llegado más lejos habiendo hecho menos. Por mucho que la potente maquinaria propagandística nos vaya a seguir machacando con ‘el éxito andaluz’, nuestra comunidad no está aprovechando el crecimiento económico de los últimos años para converger con otras regiones sino que al revés la distancia se agranda. Y el deterioro de los servicios públicos es evidente con una Junta de Andalucía cada vez más centralizada y externalizada. El éxito de JuanMa Moreno no se ha debido a una buena gestión, ni suya ni de los miembros de sus sucesivos equipos. Hemos visto desfilar a numerosos consejeros y consejeras, con más pena que gloria por el Consejo de Gobierno, en parte por su propia mediocridad y carencia de liderazgo externo e interno, y en parte porque la estrategia desde San Telmo los sacrifica y los convierte en peones de quita y pon al servicio del presidente. Y la mayoría de ellos, y ellas, con grandes prejuicios sobre lo público y sobre la administración autonómica y sobre sus emplead@s. No me lo ha contado ningún amigo en este caso, lo vivo en primera persona.


El triunfo de Moreno Bonilla ha estado apoyado en una fortísima y costosísima campaña de propaganda diaria basada en cuestiones de identidad, para ir ocupando el espacio transversal del andalucismo que había disfrutado el PSOE desde la conquista de la autonomía plena. A ello se ha sumado la creación de la ‘marca Juanma’, con pasta, con mucha pasta, que ha servido para convertir a una persona más bien sosa e insulsa, un candidato débil inicialmente, en un modelo de presidente al que se le ha conferido los adjetivos de tranquilo y moderado, elevados a categorías sagradas de virtudes humanas, a falta de otras cualidades de las que carece o debe tener muy escondidas, para el liderazgo político.


Y además ninguno de los atributos que se le atribuyen es cierto. El andalucismo que practica el PP es de pulserita, muy forzado y ha tenido éxito porque una gran mayoría no ha vivido o parece que ha olvidado que JuanMa es heredero político de los que se opusieron a la gran conquista del pueblo andaluz. Nuestra autonomía ha quedado estancada y hoy nos dedicamos más a quejarnos del autogobierno de otros que a ejercer el nuestro. Y el tiempo está mostrando además que lo de la supuesta centralidad es artificial y su aparente moderación es eso, apariencia. Sobre lo de hombre tranquilo y sereno ya es una cuestión más subjetiva aunque a mí me parece que es más bien una persona soberbia y déspota, atrapada por el personaje creado que se le ha subido a la cabeza.


Esta operación de imagen no es original ni singular. La ciencia política tiene muy estudiados a los partidos atrapavotos, o los candidatos ‘atrapalotodo’ (catch-all) que se fabrican, bajo algunos supuestos sociológicos, para conseguir atraer a votantes a derecha e izquierda, ocultando los conflictos ideológicos para ampliar la base electoral. Se pone el foco en el líder, en su carisma (natural o impostado como en este caso) y se fabrica un discurso fácil y sencillo, a menudo vacuo, que replica la red clientelar creada a su alrededor y sus aduladores (sean convencidos o no, sean personas o robots). Importa poco la capacidad para la creación de equipos competentes o una buena gestión. Lo que interesa es que sea fiel al proyecto de los que lo financian y respaldan. En esto Moreno Bonilla está demostrando ser el ‘campeón’, que diría Javier Arenas, pues está siendo fiel a las directrices de Génova y a la estrategia de su partido sacrificando de manera repetida los intereses de los andaluces como ha ocurrido con el tema de la quita de la deuda o con la financiación autonómica, cuando todos hemos visto cómo el gobierno andaluz renuncia a que Andalucía mejore la cantidad que recibe del Estado, por encima incluso de lo que el mismo Bonilla había pedido solemnemente, nada más y nada menos que en la sede del Parlamento Andaluz.


Abramos los ojos y veamos la realidad. Tanto el ‘método Ayuso’ como la ‘marca JuanMa’, tienen el mismo objetivo: el desmantelamiento de los servicios públicos, en nuestro caso la sanidad y la educación, especialmente la universitaria y la formación profesional. Aunque las estrategias son diferentes, en Madrid se potencia la agresividad, el enfrentamiento directo y se presume incluso de saber usar las malas artes contra el enemigo, aquí se ha optado por el cartón piedra, modelando un perfil de suavón y buen yerno. De una manera tan simple que a mí me resulta insultante, nos han colocado un álbum de fotos y unos cuantos ‘reels’ (carretes), para convencernos de que estamos viendo una película que no es real.


He desafiado en muchas ocasiones a votantes del PP a que me digan en qué hemos mejorado en los últimos años que podamos atribuir al gobierno andaluz. Les he preguntado por qué leyes, qué acciones del gobierno andaluz, qué decisiones de Moreno Bonilla, nos han beneficiado directamente a los trabajadores y a las clases medidas y me he encontrado con respuestas vacías, con una repetición de la propaganda con la que continuamente nos bombardean desde teleJuanma (léase Canal Sur) o desde los medios privados afines bien regados desde lo público. Si se le quita la sobreprotección mediática que goza Moreno Bonilla nos encontramos con un dirigente vulgar, poco brillante, que la ha cagado en numerosas ocasiones. Un político recauchutado que si fuera mi yerno yo lo evitaría en las comidas familiares y si fuera mi cuñado… pues eso sería ‘un cuñado’.


Pero no se puede sostener ante todo el mundo y en todo momento esta artificialidad. Cada vez hay más personas que no se dejan llevar por el cuento del precioso traje que lleva el presidente. Crece el número de los que van desvelando que el rey (el presidente) va desnudo y creen más lo que ven sus propios ojos que lo que le cuentan machaconamente a través de los medios públicos y privados al servicio de la marca.


Entre los usuarios de la sanidad pública (que somos todos), son ya legiones los que consideran que Bonilla no ha estado a la altura de las circunstancias en esta materia que arroja las peores cifras de toda España en satisfacción. Nos han convertido de nuevo en ‘pacientes’, a tenor de los récords en tiempos de espera para la atención primaria, pruebas diagnósticas e intervenciones quirúrgicas. JuanMa ha pasado de “la culpa es de la herencia recibida” (después de 8 años gobernando suena bastante hueco), al “yo no lo sabía”, (mentira que se ha revelado definitivamente hace unos días cuando un medio de comunicación ha desvelado que se habían desoído los informes que advertían de los fallos en el sistema de cribado). Su frase de “Andalucía tiene la mejor sanidad de España” cuando se cerraban centros de salud el verano pasado o ahora con una realidad asistencial marcada por el colapso pasará a la historia de las pifias de un presidente de gobierno andaluz. Aunque peor fue cuando se le escapó que “el sistema de sanidad pública era inviable”, en un ataque de sinceridad quizás o más bien un anticipo de lo que tiene pensado.


Porque ante el malestar ciudadano, la sonrisa bobalicona de Juan Manuel Moreno resulta insultante y las declaraciones de que la sanidad andaluza tiene inversiones históricas, que no se traducen en bienestar para la ciudadanía, indican que hay un agujero negro en la gestión, situado en la deriva hacia la privada de miles de millones de euros en lo que resulta un plan deliberado con órdenes, conciertos y licitaciones bajo el pretendido paraguas de la urgencia para desviar fondos a los amiguetes. Es imposible que los andaluces y las andaluzas no vean que mientras se recortan plantillas o no se renuevan los contratos de refuerzo se firman contratos millonarios con grupos hospitalarios supuestamente para aliviar las listas de espera, (objetivo que no se cumple), con un coste muy superior al que se produciría si se reforzaran los servicios públicos.


No hay venda que pueda tapar los ojos para desvelar el truco del almendruco de que “bajar los impuestos a los ricos para recaudar más” solo ha beneficiado a 0,2% de los andaluces en los que yo al menos no me encuentro, (ni tú querido lector, no te engañes, ni te engañen).


Pido especialmente que abramos los ojos, especialmente y en solidaridad, junto a las víctimas de los cribados de cáncer de mama; con los los más de 6.500 familiares de los fallecidos el año pasado mientras estaban en las listas de espera de la dependencia; ellos ya están viendo desnudo al presidente; y, espero, que vean también los profesores y estudiantes de las universidades públicas, que el ropaje del que presume el presidente andaluz es postureo, por poner unos cuantos ejemplos.





miércoles, 4 de febrero de 2026

Regularizar para humanizar: justicia social frente al bulo y la hipocresía.

 'Regularizar para humanizar: justicia social frente al bulo y la hipocresía' | El Independiente de Granada

Arranco la semana como un apóstol intruso, escribiendo una carta, de buena fe, a los cristianos de buena fe. No quiero que, cuando dentro de un tiempo nos avergoncemos de cómo hemos tratado a otras personas, me recriminen mis hijos o mis nietos que yo qué opinaba.

Perdonad la homilía. 


Regularizar para humanizar:

justicia social frente al bulo y la hipocresía



SACANDO PUNTA

Ignacio Henares Civantos



Carta abierta a los CRISTIANOS,

de buena fe, sobre la inmigración



El debate público sobre el Real Decreto sobre inmigración aprobado por el gobierno para iniciar el proceso de regularización de personas migrantes en situación administrativa irregular”, se está viendo contaminado por bulos, miedos interesados y discursos que deshumanizan. Frente a este ruido, conviene recuperar una mirada serena, informada y profundamente humana. Hay que recordar que esta propuesta política parte de una Iniciativa Legislativa Popular presentada en el Congreso de los Diputados y respaldada por cientos de miles de firmas y por una amplia red de organizaciones sociales, sindicales, eclesiales y académicas. Desde mi punto de vista y de mi manera de entender nuestra sociedad, es una propuesta jurídicamente viable, socialmente necesaria y moralmente inaplazable.

Defenderla, desde un humanismo cristiano, no es una concesión al ‘buenismo’, como algunos pretenden caricaturizar. Es, ante todo, una exigencia ética profundamente arraigada en la Doctrina Social de la Iglesia y coherente con la defensa de los principios básicos de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho consagrados en nuestra Carta Magna.

Vivimos momentos en los que algunos se empeñan en meter a la Iglesia en la esfera pública, y la propia jerarquía eclesiástica se mete en política, (incluso el presidente de la Conferencia Episcopal se ha atrevido a pedir elecciones generales anticipadas). Momentos en los que, ante la tragedia de un desgraciado accidente ferroviario, nos han impuesto un funeral religioso público, en directo, urbi et orbe. Y sin embargo en un asunto como el tema de la inmigración que requiere la implicación social directa y comprometida, se echa de menos la presencia activa y la falta de liderazgo desde una visión cristiana.

Yo me he criado en una sociedad de valores en los que la dignidad de la persona es el principio irrenunciable que debe orientar cualquier política pública. Por ello me repatea que se hable de ‘ilegales’, cuando nos referimos a hombres y mujeres que trabajan honradamente, que cuidan de nuestros familiares, que sostienen sectores de nuestra economía y que forman parte de nuestras comunidades.

Acudiendo a las Sagradas Escrituras (Éxodo) encontramos una interpelación directa: “no oprimirás al extranjero; vosotros conocéis la suerte del extranjero, porque extranjeros fuisteis”. Obvia decir que como españoles deberíamos ser sensibles a los inmigrantes, nosotros que hemos sido emigrantes como bien debería saber el gallego Núñez Feijóo. Y es más, el propio Jesucristo fue claro al respecto como podemos leer en el evangelio (Mateo), “fui forastero y me acogisteis”. La hospitalidad, la justicia y la defensa del vulnerable no son añadidos opcionales del humanismo cristiano, forman parte de su núcleo esencial, no como un llamamiento piadoso, sino como un criterio de juicio ético y social. Como emigrante durante cinco años en mi juventud, quizás yo haya desarrollado una empatía espacial, al haber estado “metido en esos zapatos”.

Quiero creer que muchas personas de pensamiento cristiano estén siendo víctimas de las campañas de desinformación que, con el objetivo de derrocar al gobierno progresista, buscan el odio y la confrontación y persiguen infundir miedos. Esa debe ser la finalidad del argumento que algunos tontos del bulo propagan cuando señalan repetidamente que la regularización genera un ‘efecto llamada’. La experiencia, por el contrario demuestra que las personas migran históricamente empujadas por causas estructurales (conflictos, pobreza, cambio climático, desigualdades globales), no por procesos administrativos complejos y limitados en el tiempo. No se trata de proponer fronteras abiertas ni una regularización automática per secula seculorum, sino una medida excepcional para una realidad ya existente y enquistada. Negar derechos no frena la migración, solo la hace más vulnerable.

Otro argumento recurrente, más falaz aún, sostiene que las personas migrantes “quitan trabajo” o “viven de ayudas”. La realidad es que miles de personas en situación irregular ya están trabajando, muchas veces en condiciones precarias, sin contratos ni derechos, especialmente en sectores como la agricultura, la hostelería, los cuidados sociales o la construcción. Regularizar no quita empleo, ordena el mercado laboral, combate la economía sumergida y protege tanto a trabajadores migrantes como autóctonos frente al abuso. Además, con la regularización aumentan las cotizaciones y los ingresos públicos, fortaleciendo el Estado del Bienestar.

También se difunde el miedo con una supuesta amenaza a la seguridad o a la convivencia. Este discurso no solo carece de base empírica, sino que resulta profundamente injusto. Y no solamente porque la regularización tiene como requisito imprescindible no tener antecedentes penales ni suponer amenaza para el orden público. La exclusión administrativa es la que genera marginalidad, la inclusión genera cohesión. ‘Dar papeles’ es dar derechos, pero también deberes, visibilidad y responsabilidad compartida. Una sociedad más justa es, siempre, una sociedad más segura.

En el proceso iniciado se trata de regularizar a quienes ya están aquí, ya viven entre nosotros y ya contribuyen. Es una medida de realismo social que se incardina en un Plan de Integración y Convivencia y debe tener continuidad con una estrategia de migración regular, segura y ordenada. Mirar hacia otro lado perpetúa una hipocresía colectiva: nos beneficiamos del trabajo de estas personas mientras les negamos el reconocimiento legal y la plena dignidad cívica.

Esta regularización no es la primera ni será la última, ni aquí ni en el resto de la Unión Europea. La propia Meloni por ejemplo, (de la que presumen amistad y a la que admiran tanto la derecha extrema como la extrema derecha española), aunque mantiene la retórica anti-inmigrantes con la que llegó al gobierno italiano, autorizó entre 2023 y 2025 más de 400.000 contratos a extranjeros. Con la última regularización del verano pasado se prevén en ese país hasta 500.000 nuevos visados de trabajo para migrantes extraeuropeos en los próximos tres años.

La regularización de inmigrantes fue apoyada explícitamente por el PP votando a favor de la toma en consideración de la Iniciativa Legislativa Popular. Entonces su presidente afirmaba hay un debate que debemos de dar y debemos de zanjar con los inmigrantes que viven en España y que trabajan en España pero que no obtienen o no han obtenido de momento papeles. Y esos pueden estar tranquilos” y el portavoz, por entonces del PP, Borja Sémper, reconoció que había cientos de miles de personas trabajando en la economía sumergida, sin cotizar y sin derechos defendiendo que “a estos seres humanos hay que darles una salida”.

Bajo los gobiernos de José María Aznar, con Mariano Rajoy de ministro del Interior para más inri, se produjeron tres regularizaciones: en 1996, en 2000 y en 2001, que alcanzaron a unas 500.000 personas. Y antes, a principios de los 90 el PP apoyó las medidas al respecto tomadas por el gobierno del expresidente (y exsocialista), Felipe González, defendiéndolas siempre con argumentos humanistas y económicos.

Mucha gente se preguntará ¿qué ha cambiado para que un asunto que se supone cuenta con un amplio consenso social se convierta ahora en nuevo caballo de batalla? Pues, si la realidad migratoria ni la evidencia no son diferentes, lo único que se ha trastocado es la estrategia política del PP que se pasó hace tiempo de integrar a la extrema derecha y democratizarla a sucumbir a sus postulados y a arrastrarse a su discurso y a su programa antidemocrático.

Lo de Vox es previsible, el racismo es uno de los puntos principales de su programa político como muestra que en su propaganda aparezcan memes de Pedro Sánchez entregando pasaportes a jóvenes de aspecto magrebí. Curiosamente serán inmigrantes latinoamericanos los que más se beneficien de este proceso, esos que prefería la Ayuso y que decía “que estaban como en casa”.

El líder de Vox, Santiago Abascal también ha vuelto a hacer el ridículo queriendo implicar a la Unión Europea afirmando que estas medidas perjudican “el correcto funcionamiento del espacio Schengen”, confundiendo y/o ignorando que conseguir un permiso de trabajo en España no se extiende a otros países.

Núñez Feijóo, y sus portacoces del PP, han comprado también otro bulo de la ultraderecha al acusar a Pedro Sánchez de intentar ganar votos entre los extranjeros. Todavía escucho y leo a algunos hooligans agarrados a esta burda mentira, ocultando que un permiso de trabajo no significa obtener la nacionalidad que es la que da derecho al voto en unas elecciones generales o autonómicas. Y que la residencia legal permite el voto solamente en las elecciones municipales, en determinadas condiciones y con tres años de vigencia, por lo que no llegaría a tiempo para las próximas. Se vuelve a repetir aquello de “que la verdad no te estropee el titular”.

Cuando escucho estos prejuicios no puedo dejar de pensar en el refrán de “piensa el ladrón que todos son de su condición” e imaginar qué son capaces de hacer (el que pueda hacer que haga) por conseguir el poder o desde el poder. Un refrán, por cierto, que algunos asocian a paisajes bíblicos como el comportamiento de Judas Iscariote al juzgar las acciones de otros sobre el uso del dinero.

Ahora bien, debo confesar que me decepciona e indigna cuando oigo a quienes defienden la regularización solo desde argumentos económicos: porque “faltan trabajadores”, porque “mejoran las cotizaciones” o porque “conviene al PIB”. Sin negar que estos efectos existan, reducir la dignidad humana a su utilidad económica es profundamente preocupante.

Y aquí es donde me gustaría encontrar a cientos, miles, millones de personas que pregonan la doctrina de Jesús de Nazaret. Me gustaría que en todas las misas, en todas las iglesias españolas, se extendiera la Doctrina Social de la Iglesia que señala que “el trabajo está al servicio de la persona, y no la persona al servicio del trabajo”. Me gustaría que en las homilías se predicara que la regularización es justa, no porque sea rentable, sino porque reconoce derechos a personas humanas, a hijos de Dios. Defenderla solo porque “nos conviene” es aceptar, implícitamente, que si un día dejara de ser rentable, dejaría de ser justa. Y eso es inaceptable desde un pensamiento humanista cristiano. Cuando el orden administrativo se antepone sistemáticamente a la dignidad humana, algo se ha torcido profundamente en nuestra escala de valores.

¡Tan lejos han quedado ya los buenos sentimientos navideños cuando se celebraba el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios bajado del cielo para impartir la buena nueva de amar al prójimo!

¡A ver si pasan pronto las carnestolendas, en las que muchos parecen estar instalados permanentemente, y llega la Semana de Pasión en la que vivimos con fervor la muerte y resurrección de nuestro Salvador y se renuevan las devociones marianas a la madre de Jesús y nos ayudan a recuperar el espíritu y el modo de vida ejemplar de los cristianos! Amén. Y ojalá. 

viernes, 8 de agosto de 2025

"Más falso que (el curriculum de) un político"

 “Más falso que (el currículum de) un político” | El Independiente de Granada

Más falso que (el curriculum de) un político”

Sacando punta

Ignacio Henares Civantos

No sé si la actual coyuntura política, –utilizo este eufemismo para no referirme al cada vez más irrespirable clima de confrontación-, alimentada por el ‘calorcillo’ del verano y su frecuente contribución a serpientes informativas, habrá contribuido más o menos, pero el caso es que la prensa que me llega estos días está plagada de noticias, artículos e incluso editoriales relacionadas con la proliferación de currículums falsos o exagerados, donde las mentiras y la sobrevaloración de los títulos parecen ser la norma más que la excepción.

(Dejaré para otro día aquellas manipulaciones que entran en lo delictivo como aparentar una titulación que es exigida para desarrollar una actividad profesional o mentir sobre su posesión y acceder a puestos que la requieran, algunas de las irregularidades que han saltado a la palestra estos días).

En nuestro mercado laboral, el curriculum vitae ha sido la primera carta de presentación para lograr el empleo soñado. En la actualidad hay incluso empresas, aplicaciones y técnicas que exageran, de manera interesada, sobre la importancia de un atractivo CV y embaucan a sus clientes y potenciales usuarios sobre sus bondades.

Siempre ha habido una tendencia al retoque en los méritos y a la hipérbole. Conozco directamente decenas de casos, “sin desagerar”, de personas que han mentido sobre sus carreras, sobre sus expedientes académicos o sobre su experiencia profesional; pero lo de llevarlo al currículum y exponerse a publicarlo me parece un salto cualitativo.

Desconfío tanto de los curriculos muy engordados, con abundante paja, como detesto esa moda de hacerlos cada vez más cortos, centrados en la estética que facilita enmascarar algunas referencias. Lo que me parece ridículo es que se inflen experiencias laborales o se inventen certificaciones que nunca se obtuvieron, con lo fácil que es comprobar su falta de autenticidad. Especialmente estúpido me resulta lo de mentir con el dominio de idiomas o querer aparentar titulaciones que no se poseen, como aquello de indicar “inició sus estudios en…” que hay que ser muy tontos para no entender lo que significa.

Una de las razones que encuentro a esta, al parecer, creciente práctica, es la sobrevaloración de los títulos, (escribo esta palabra y me acuerdo de Feijóo y su ‘broma’ con las ‘vacaciones sobrevaloradas’ y me entra la risa), en especial en España, un país en el que hace unas pocas décadas los titulados universitarios eran un porcentaje bajo de la población, habitualmente perteneciente a una determinada extracción social. Especialmente valoradas eran algunas titulaciones, casi todas entonces masculinizadas. Quizás ello haya llevado a otorgarles un valor absolutamente desproporcionado.

Pero en la medida en la que hoy casi la mitad de la población tiene estudios superiores, superando a la media de la OCDE (40%) y a la de la UE (37%), y habiendo crecido 6 puntos porcentuales en la última década, puede parecer que lo que lleve a que abunden los casos en los que políticos hayan sido pillados in fragranti mintiendo sobre sus ‘pertenencias académicas’ debe ir acompañado de unos grandes complejos por poseer currículums exiguos, sobre todo si se hacía mientras se predicaba la meritocracia y la cultura del esfuerzo.

Yo encuentro relación en muchos casos con la oleada de postureo y de falsedad con la que mucha gente adorna en las redes sociales su (pobre) vida real. Un ejemplo: cada vez que me llega un anuncio de esa aplicación en la que puedes colocarte virtualmente en cualquier lugar del mundo, quitando las personas o cosas no deseadas, me entra una pena pensando cuánta frustración debe esconderse en los que sucumben a su uso. ¿Ignoran que la lectura les puede llevar a vivir experiencias más emocionantes en cualquier rincón del mundo?

Muchos se preguntarán cómo hemos llegado a esto. Pienso que la presión social y laboral, la falta de regulación estricta en algunos procesos de selección y la percepción de que los títulos abren puertas rápidamente, son algunos de los factores que más lo han alimentado. De igual manera pesa esa cultura de la meritocracia, mal entendida, en la que se confunde tener más certificados, (sobre todo si son de los que valen una pasta gansa), como sinónimo de mayor valía.

Para luchar contra este lastre en la selección de personal, tanto en las administraciones públicas como en las empresas, se deben reforzar los procesos de verificación de antecedentes y experiencias. Además, se debe promover una cultura que valore las habilidades prácticas, las competencias adecuadas a cada puesto y la experiencia real, por encima de la titulitis. La educación y la sensibilización sobre la importancia de la honestidad en los currículums también son elementos claves para cambiar esta realidad.

Si en política triunfara la estrategia de la honestidad, la de defender la verdad, la de haber llegado con trabajo, esfuerzo, sacrificio y capacidad de superación, valores superiores y más importantes que esos certificados que llevan detrás la marca de los miles de euros que cuestan, y que en apenas un par de minutos de entrevista, sin ser experto, se puede advertir de su más que relativa utilidad y aprovechamiento.

Hablo con la autoridad que me da decir que yo también pequé (venialmente) cuando trabajaba de camarero en Andorra y decía que me iba a un proceso de inmersión lingüística o cuando contaba en mi experiencia laboral en el departamento de contabilidad en unos grandes almacenes (cuando en realidad era ‘cajero’ -de descargar cajas-). Pero aquellos complejos de humildad, ya superados y convertidos en orgullo personal y familiar, forman parte de mi curriculum vitae, utilizado ahora en sentido literal. Por contra, mi titulación universitaria superior, aunque ya antigua, -de cuando se salía licenciado-, es cierta; mi máster -con TFM incluido sobre restauración natural y paisajística del Sacromonte-, auténtico y mi adscripción como profesor externo a la UGR desde hace tres años, real como la vida misma.

Quizás lo más grave y menos comprensible es que estas malas praxis se hayas extendido tanto en el campo de la política, que a diferencia de las entrevistas de trabajo, es una forma de representación, no un concurso de méritos y se puede representar bien a determinados sectores sociales y profesionales, sin tener títulos, presumiendo de haber sido cura antes que fraile, por ejemplo. Quizás eso proporcionaría una mayor riqueza y ‘biodiversidad’ en nuestras instituciones y nos daría una mayor conexión con nuestros representantes, y a ellos con nosotros.

Hay quien pondrá el acento en que el problema no es tanto que fulano no hubiera terminado un grado, mengano llamara máster a un ‘cursillo del PPO’ o zutano dijera que era médico sin serlo, sino que hubieran mentido de manera sostenida sobre ello. Y no le faltará alguna razón porque si son capaces de mentir, y mantener el engaño, poniendo datos falsos en una declaración pública y publicada, o si no estás al tanto (es un poner) en lo que ponen los folletos de propaganda de tu partido sobre tus méritos, es que pueden mentir en cualquier cosa (otro suponer, sobre la declaración de bienes) y no valen para la política ni ‘pa ná’. Son unos farfollas.

Nota: Los ejemplos utilizados en este artículo son inventados; cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Si alguien se siente aludido… agua y ajo.