domingo, 9 de agosto de 2026

Frente al chantaje y los tontos útiles: asertividad

Aprovecho la crisis migratoria y humanitaria en Ceuta para explicar, en torno al término asertividad, qué debe hacer el gobierno y qué están haciendo nuestros 'socios europeos', algunos aliados y algunos compatriotas. 

Adivina quiénes son los tontos útiles a los que me refiero en mi columna Sacando punta vía Independiente de Granada. 

 'Frente al chantaje y los tontos útiles: asertividad'



Frente al chantaje y los tontos útiles: asertividad.

Sacando Punta

Ignacio Henares Civantos


La crisis fronteriza en Ceuta destapa la pinza internacional contra nuestra integridad territorial y la hipocresía de sectores nacionales que callan ante Trump y Netanyahu, olvidando que la firmeza soberana es inseparable de la dignidad humana.

La asertividad es la habilidad social que nos permite expresar opiniones, derechos, necesidades y sentimientos de forma clara, directa y honesta, defendiendo nuestra postura sin caer en la agresividad ni en la pasividad”.

La reciente y brutal sacudida sufrida en la frontera de Ceuta no es un fenómeno casual de flujos migratorios, sino un pulso geopolítico diseñado al milímetro. Ante la magnitud de este desafío a nuestra soberanía nacional, la única respuesta posible para el gobierno español debe ser realizada desde la asertividad. Ello implica defender con absoluta firmeza y claridad nuestros derechos fundamentales, sin complejos ni titubeos pasivos, pero también sin histerias estériles. Consiste en llamar a las cosas por su nombre y trazar líneas rojas infranqueables ante quienes pretenden debilitar nuestras fronteras estratégicas, que son a la vez las fronteras de la Unión Europea.

Hay que señalar sin ambages al verdadero ‘ingeniero’ de esta crisis: la monarquía absolutista de Marruecos, un régimen dictatorial que utiliza de forma sistemática el drama humano y la desesperación de miles de personas como un arma de presión diplomática y chantaje político contra el Estado español. Rabat abre y cierra el grifo de sus fronteras según sus intereses de expansión regional, asumiendo una actitud de constante deslealtad vecinal.

Sin embargo, el sátrapa alauita Mohamed VI no actúa solo en este tablero de ajedrez. Su osadía se asienta sobre el respaldo explícito y el blindaje estratégico de potencias internacionales de peso, concretamente los Estados Unidos de América e Israel. El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y las alianzas militares derivadas de los Acuerdos de Abraham han envalentonado a un vecino que se siente intocable. Mientras Washington mira hacia otro lado protegiendo a su gendarme en el Magreb, España se ve forzada a lidiar en solitario con las consecuencias de un juego geopolítico ajeno que amenaza de forma directa nuestra propia integridad territorial.

Lamentablemente, algunos de nuestros socios europeos se han sumado a esta pinza internacional. En lugar de ponerse la camiseta de la Unión Europea y disponerse a articular una respuesta humanitaria común, han querido aprovechar la coyuntura para atacar al Gobierno de España. Lo hacen presionando para solicitar el despliegue inmediato de la agencia Frontex o la apertura de centros de deportación externos; una maniobra que busca desentenderse de la gestión de la frontera sur comunitaria, dejando desamparadas a las ciudades autónomas españolas. En el fondo, tras esta revuelta subyacen los celos y la envidia malsana hacia Pedro Sánchez por la firmeza de su posicionamiento político en defensa de la legalidad internacional.

Pero lo que es verdaderamente incomprensible de este escenario es constatar la existencia de lo que bien podríamos definir como "tontos útiles" dentro de nuestras propias fronteras. Entre ellos, el grupo más flagrante y paradójico es el de aquellos que pasan el día presumiendo de patriotas y erigiéndose en los únicos defensores de la unidad de España, pero que ahora guardan un silencio sepulcral ante este ataque directo a nuestra soberanía e integridad territorial. Callan de forma cobarde porque la agresión cuenta con el aval explícito de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu, líderes a los que admiran y consideran sus "amigos" internacionales. Anteponer la pleitesía a sus referentes ideológicos extranjeros por encima de la defensa de la patria es la mayor muestra de hipocresía política, que los convierte en inútiles para la necesaria política de país.

Ante este complejo panorama, el Gobierno de España debe abandonar la diplomacia del apaciguamiento y aplicar una asertividad institucional implacable: exigir formalmente a la Unión Europea la corresponsabilidad jurídica y económica total de la frontera sur, y condicionar cualquier acuerdo comercial o de seguridad con Marruecos al respeto escrupuloso de nuestra integridad. Por su parte, la sociedad española debe despertar de la polarización estéril, rechazar los discursos dictados desde despachos extranjeros y unirse en un consenso cívico que signifique la prioridad del interés nacional.

Sin embargo, una mirada asertiva y verdaderamente patriótica no puede ser ciega al dolor de la gente. Desde nuestras profundas raíces de humanismo cristiano, resulta desgarrador e intolerable el silencio mediático que sepulta a los muertos en el mar y en las vallas; seres humanos con nombres y familias reducidos a meras cifras de un asalto fronterizo. No podemos permitir que la geopolítica nos anestesie el alma.

Ser asertivos con el régimen opresor, que empuja y utiliza a estas personas, nos obliga, por pura coherencia moral, a señalar las causas estructurales: la miseria extrema, la falta de futuro y la desesperación de quienes lo arriesgan todo huyendo del horror. La firmeza en la defensa de nuestra soberanía nacional debe ser plenamente compatible con la compasión y solidaridad hacia las víctimas de este macabro juego. Salvar la soberanía de España exige, hoy más que nunca, no perder nuestra propia dignidad en el intento.

Conviene recordar, por tanto, que la asertividad NO ES: proponer ir cazando o pescando seres humanos uno a uno para llevarlos de vuelta por donde han venido; exigir la militarización permanente de la frontera; ni acusar alegremente al Gobierno de favorecer la avalancha migratoria mientras se le reprocha estar regalando papeles. Eso no es firmeza; es, simplemente, barbarie.


domingo, 2 de agosto de 2026

La final (que no podemos perder)

 ¿Qué tiene que ver el fútbol con la emergencia climática? (Casi) Nada, pero me las he apañado para fabular esta metáfora de "La final" (que no podemos perder),  a ver si conseguimos adeptos de esta forma a la causa.

'La final' | El Independiente de Granada




La final

Sacando Punta

Ignacio Henares Civantos

Hay victorias que duran una noche. Otras permanecen durante generaciones.



Todavía celebramos el último Mundial. Durante unos días olvidamos diferencias, discutimos alineaciones como si todos lleváramos un seleccionador dentro y volvimos a comprobar que los grandes campeonatos no los ganan las individualidades, sino los equipos que saben jugar juntos. El fútbol tiene esa rara capacidad de convertir un país entero en un mismo vestuario.

Quizá por eso me ronda una idea desde hace días. Mientras festejamos una copa que recordaremos durante años, España y especialmente Andalucía estamos disputando otra final mucho menos vistosa, pero infinitamente más decisiva. No habrá himnos, ni confeti, ni una fotografía levantando un trofeo. El premio será mucho más humilde y, precisamente por eso, mucho más importante: conservar la tierra que habitamos.

Lo preocupante es que seguimos comportándonos como si esta final pudiera aplazarse.

Hay encuentros en los que se puede especular con el empate, dejar correr el reloj o confiar en una genialidad de última hora. Las finales no funcionan así. En las finales cada minuto perdido pesa en el marcador y cada decisión equivocada acaba pasando factura.

Con el cambio climático ocurre exactamente lo mismo.

Durante demasiado tiempo hemos discutido si el rival era tan fuerte como decían los científicos. Mientras debatíamos, el marcador empezó a moverse. Las sequías dejaron de ser una excepción. Los veranos comenzaron antes y terminaron más tarde. Los incendios adquirieron una violencia desconocida. Los embalses enseñaron un fondo que muchos nunca habían visto y el agua pasó de ser una certeza a convertirse en una preocupación cotidiana.

No es alarmismo. Es el resultado que señala el marcador a estas alturas del partido.

Si hubiera una clasificación europea de vulnerabilidad climática, Andalucía ocuparía uno de los primeros puestos. No porque lo diga un gobierno u otro, sino porque así lo describen nuestro clima, nuestra geografía y una realidad que cualquiera puede observar sin necesidad de leer los informes científicos del IPCC.

Ahí está Doñana, donde cada gota cuenta. Ahí está Sierra Nevada, viendo cómo la nieve pierde terreno. Ahí están nuestros montes, soportando campañas de incendios cada vez más largas. Ahí está el mar de Alborán, calentándose a un ritmo que transforma la vida bajo sus aguas y condiciona la de quienes viven de ellas.

Este no es un partido del futuro. Se está jugando ahora.

Y, sin embargo, seguimos actuando como si estuviéramos ante un derbi político en lugar de una final compartida. Hay responsables públicos más pendientes de discutir quién diseñó la alineación que de organizar la defensa. Se protesta al árbitro, se cuestiona el reglamento y hasta hay quien sigue convencido de que el marcador exagera. Pero el árbitro de este partido tiene una peculiaridad: no admite reclamaciones al VAR cuando quien protesta es la física.

La atmósfera no vota. Los termómetros no leen programas electorales.

El agua no entiende de siglas. Ésa debería ser la primera lección. La segunda es aún más sencilla: el verdadero rival no viste ninguna camiseta. Se llama sequía. Se llama incendio. Se llama desertificación. Se llama pérdida de biodiversidad. Y contra ese adversario no sirven los eslóganes ni las victorias de un solo día. Hace falta un plan de partido, pero no el de un Partido.

Los científicos llevan años haciendo el trabajo del ‘cuerpo técnico’. Han estudiado al rival, conocen sus movimientos y llevan demasiado tiempo avisando por dónde llegará el peligro. Ignorarlos sería tan absurdo como despedir al entrenador en la víspera de la final.

Después llega el equipo. Quienes gestionan nuestros montes. Quienes investigan. Quienes producen alimentos. Quienes protegen el agua. Quienes diseñan ciudades más habitables. Quienes toman decisiones desde las administraciones. Cada uno ocupa una posición distinta sobre el terreno de juego, pero todos comparten la misma responsabilidad. Porque ningún equipo gana un campeonato si sus jugadores compiten entre ellos.

Esa es, probablemente, la mayor enseñanza que ha dejado este Mundial. El talento individual puede decidir una jugada. Los grandes títulos sólo los conquista un grupo capaz de compartir un objetivo común. También Andalucía necesita ese espíritu. No para ganar un debate parlamentario, sino para afrontar el mayor desafío ambiental, económico y social de las próximas décadas. Adaptarnos al cambio climático ya no es una opción ideológica; es una condición para proteger nuestra agricultura, nuestra salud, nuestros bosques, nuestro litoral y, en definitiva, nuestra forma de vivir.

Dentro de unos años casi nadie recordará quién tuvo razón en esta discusión. Como ocurre con tantos partidos, el resultado acabará perdido entre titulares y estadísticas. Lo que sí recordaremos será si supimos reconocer que había una final en juego cuando todavía estábamos a tiempo de disputarla.

Porque hay victorias que llenan las plazas durante una noche. Y hay otras que mantienen un bosque en pie, permiten que un agricultor vuelva a sembrar o que un niño conozca el mismo paisaje que heredamos nosotros. Ésos trofeos bien merecen una celebración.

Andalucía no puede perder esta final. Le pido a Moreno Bonilla que se quite la equipación del Partido Popular y la deje aparcada para otros torneos. Ahora debe jugar con la camiseta de Andalucía en el Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática.