Aprovecho la crisis migratoria y humanitaria en Ceuta para explicar, en torno al término asertividad, qué debe hacer el gobierno y qué están haciendo nuestros 'socios europeos', algunos aliados y algunos compatriotas.
Adivina quiénes son los tontos útiles a los que me refiero en mi columna Sacando punta vía Independiente de Granada.
'Frente al chantaje y los tontos útiles: asertividad'
Frente al chantaje y los tontos útiles: asertividad.
Sacando Punta
Ignacio Henares Civantos
La crisis fronteriza en Ceuta destapa la pinza internacional contra nuestra integridad territorial y la hipocresía de sectores nacionales que callan ante Trump y Netanyahu, olvidando que la firmeza soberana es inseparable de la dignidad humana.
“La asertividad es la habilidad social que nos permite expresar opiniones, derechos, necesidades y sentimientos de forma clara, directa y honesta, defendiendo nuestra postura sin caer en la agresividad ni en la pasividad”.
La reciente y brutal sacudida sufrida en la frontera de Ceuta no es un fenómeno casual de flujos migratorios, sino un pulso geopolítico diseñado al milímetro. Ante la magnitud de este desafío a nuestra soberanía nacional, la única respuesta posible para el gobierno español debe ser realizada desde la asertividad. Ello implica defender con absoluta firmeza y claridad nuestros derechos fundamentales, sin complejos ni titubeos pasivos, pero también sin histerias estériles. Consiste en llamar a las cosas por su nombre y trazar líneas rojas infranqueables ante quienes pretenden debilitar nuestras fronteras estratégicas, que son a la vez las fronteras de la Unión Europea.
Hay que señalar sin ambages al verdadero ‘ingeniero’ de esta crisis: la monarquía absolutista de Marruecos, un régimen dictatorial que utiliza de forma sistemática el drama humano y la desesperación de miles de personas como un arma de presión diplomática y chantaje político contra el Estado español. Rabat abre y cierra el grifo de sus fronteras según sus intereses de expansión regional, asumiendo una actitud de constante deslealtad vecinal.
Sin embargo, el sátrapa alauita Mohamed VI no actúa solo en este tablero de ajedrez. Su osadía se asienta sobre el respaldo explícito y el blindaje estratégico de potencias internacionales de peso, concretamente los Estados Unidos de América e Israel. El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y las alianzas militares derivadas de los Acuerdos de Abraham han envalentonado a un vecino que se siente intocable. Mientras Washington mira hacia otro lado protegiendo a su gendarme en el Magreb, España se ve forzada a lidiar en solitario con las consecuencias de un juego geopolítico ajeno que amenaza de forma directa nuestra propia integridad territorial.
Lamentablemente, algunos de nuestros socios europeos se han sumado a esta pinza internacional. En lugar de ponerse la camiseta de la Unión Europea y disponerse a articular una respuesta humanitaria común, han querido aprovechar la coyuntura para atacar al Gobierno de España. Lo hacen presionando para solicitar el despliegue inmediato de la agencia Frontex o la apertura de centros de deportación externos; una maniobra que busca desentenderse de la gestión de la frontera sur comunitaria, dejando desamparadas a las ciudades autónomas españolas. En el fondo, tras esta revuelta subyacen los celos y la envidia malsana hacia Pedro Sánchez por la firmeza de su posicionamiento político en defensa de la legalidad internacional.
Pero lo que es verdaderamente incomprensible de este escenario es constatar la existencia de lo que bien podríamos definir como "tontos útiles" dentro de nuestras propias fronteras. Entre ellos, el grupo más flagrante y paradójico es el de aquellos que pasan el día presumiendo de patriotas y erigiéndose en los únicos defensores de la unidad de España, pero que ahora guardan un silencio sepulcral ante este ataque directo a nuestra soberanía e integridad territorial. Callan de forma cobarde porque la agresión cuenta con el aval explícito de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu, líderes a los que admiran y consideran sus "amigos" internacionales. Anteponer la pleitesía a sus referentes ideológicos extranjeros por encima de la defensa de la patria es la mayor muestra de hipocresía política, que los convierte en inútiles para la necesaria política de país.
Ante este complejo panorama, el Gobierno de España debe abandonar la diplomacia del apaciguamiento y aplicar una asertividad institucional implacable: exigir formalmente a la Unión Europea la corresponsabilidad jurídica y económica total de la frontera sur, y condicionar cualquier acuerdo comercial o de seguridad con Marruecos al respeto escrupuloso de nuestra integridad. Por su parte, la sociedad española debe despertar de la polarización estéril, rechazar los discursos dictados desde despachos extranjeros y unirse en un consenso cívico que signifique la prioridad del interés nacional.
Sin embargo, una mirada asertiva y verdaderamente patriótica no puede ser ciega al dolor de la gente. Desde nuestras profundas raíces de humanismo cristiano, resulta desgarrador e intolerable el silencio mediático que sepulta a los muertos en el mar y en las vallas; seres humanos con nombres y familias reducidos a meras cifras de un asalto fronterizo. No podemos permitir que la geopolítica nos anestesie el alma.
Ser asertivos con el régimen opresor, que empuja y utiliza a estas personas, nos obliga, por pura coherencia moral, a señalar las causas estructurales: la miseria extrema, la falta de futuro y la desesperación de quienes lo arriesgan todo huyendo del horror. La firmeza en la defensa de nuestra soberanía nacional debe ser plenamente compatible con la compasión y solidaridad hacia las víctimas de este macabro juego. Salvar la soberanía de España exige, hoy más que nunca, no perder nuestra propia dignidad en el intento.
Conviene recordar, por tanto, que la asertividad NO ES: proponer ir cazando o pescando seres humanos uno a uno para llevarlos de vuelta por donde han venido; exigir la militarización permanente de la frontera; ni acusar alegremente al Gobierno de favorecer la avalancha migratoria mientras se le reprocha estar regalando papeles. Eso no es firmeza; es, simplemente, barbarie.