jueves, 7 de mayo de 2026

La ciencia expulsada del debate electoral

El insulto sustituye al argumento cuando se señala como ‘fanáticos climáticos’ a los científicos que advierten de la vulnerabilidad de Andalucía a los efectos del cambio climático. He sacado punta en mi columna en El Independiente de Granada a un aspecto del debate electoral en televisión que me ha molestado bastante que me ha impulsado a denunciar públicamente la deriva que está tomando la falta de ciencia y de consciencia de una gran parte de la sociedad. 

'La ciencia expulsada del debate electoral' | El Independiente de Granada



La ciencia expulsada del debate electoral

SACANDO PUNTA

Ignacio Henares Civantos

El insulto sustituye al argumento cuando se señala como ‘fanáticos climáticos’ a los científicos que advierten de la vulnerabilidad de Andalucía a los efectos del cambio climático.

Para los que el pasado lunes, en el debate entre los candidatos, y la candidata, a la presidencia de la Junta de Andalucía, tuvieran que soportar la demagógica intervención, trufada de bulos, del representante de Vox, no les pasaría desapercibida la repetida murga contra la que atacaba acusando, acusándonos, a los que defendemos la emergencia climática, de ser unos ‘fanáticos climáticos’.

Estas palabras describen más al que las pronuncia que a los aludidos y por mucho que se empeñe la persona designada por Abascal para Andalucía (por ahora, ya sabemos cómo se las gasta con los suyos el dirigente ultraderechista), y por mucho que se empeñe la extrema derecha con esas palabras, no puede describir la realidad, solamente puede deformarla.

Estas etiquetas, (me resisto a utilizar el anglicismo #hashtag), no nacen para explicar un fenómeno sino para intentar deslegitimarlo. Funcionan con eficacia en titulares y tertulias, en barras de bar y comentarios de ‘cuñaos’. Al no poder hacer frente a un debate racional, la extrema derecha, empoderada por la derecha extrema y esta a su vez acomplejada ante la otra, quieren convertir una preocupación basada en evidencias en una supuesta obsesión irracional. Un atajo retórico para evitar el debate de fondo. No hablar en esta campaña del cambio climático, de lo que hay que hacer, de lo que se ha hecho, (en Andalucía es más fácil hablar de lo que se ha dejado de hacer), no va a evitar sus amenazas, los efectos que está produciendo.

Dura est veritas, sed veritas est”. El cambio climático existe, es una verdad incómoda. La ciencia del clima lleva décadas acumulando datos, afinando modelos y contrastando hipótesis. No se trata de una corriente ideológica ni de una moda pasajera, sino de un cuerpo de conocimiento construido con el método más exigente que tenemos para entender el mundo. Temperaturas que suben, glaciares que retroceden, océanos que se acidifican, patrones de lluvia que cambian. No son opiniones: son mediciones. En realidad la base del activismo climático proviene de décadas de investigación en disciplinas como la climatología, la física atmosférica y la oceanografía a la que se han ido sumando otras materias que piden la emergencia climática y han ido certificando la huella que el cambio global está dejando en los ecosistemas.

El consenso científico sobre el calentamiento global es sólido. Informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que sintetizan miles de estudios revisados por pares, concluyen que el calentamiento observado desde el siglo XX se debe principalmente a emisiones humanas de gases de efecto invernadero. Este consenso no es una ‘opinión’, sino el resultado acumulado de evidencias: mediciones de temperatura, concentraciones de CO₂, retroceso de glaciares, cambios en ecosistemas, etc. Y ni los miles de fakes news ni los centenares de tontos del bulo pueden dar la vuelta a esta realidad científicamente incontestable. Como que la Tierra es (más o menos) redonda y que venimos, metafóricamente, del mono, (más correcto sería decir que compartimos un antepasado común con chimpancés, gorilas y orangutanes).

Las derechas carecen de conciencia ecológica, esto ha sido siempre así, pero en este punto lo que están haciendo es un desprecio a uno de los grandes retos de la Humanidad por prejuicios ideológicos (y por defender a las poderosas industrias principales responsables de la emisión de gases de efecto invernadero). Y, contradiciendo a Serrat, esta verdad es triste pero (aún) tiene remedio si pensamos en las próximas elecciones teniendo muy en cuenta a las próximas generaciones.

El recurso al empleo del término “fanatismo” retrata más a quien lo utiliza que a quiénes lo recibimos. Yo no me siento ofendido, casi que a estas alturas me siento honrado que tengan que utilizar estas butades y que coloquen este tema a la par de su racismo, xenofobia y machismo. Es una forma de orientarse moralmente también.

Por lo demás es una estrategia conocida, si no puedes refutar los hechos, cuestiona la motivación de quien los expone. Si no puedes desmontar los datos, caricaturiza al mensajero. Así, quien alerta de un problema sistémico pasa a ser un exagerado; quien pide medidas, un radical; quien exige responsabilidad, un enemigo del progreso. Santiago Abascal ha ido más lejos e incluso llegó a decir aquí en Granada, (aparte de hijo de puta al presidente del gobierno), que el “fanatismo climático tiene graves consecuencias económicas y sociales y arruina a la población”.

Pero la realidad no se deja domesticar por el lenguaje. Los fenómenos extremos, olas de calor más frecuentes, incendios más intensos, sequías persistentes, no necesitan adjetivos para manifestarse. Tampoco entienden de marcos ideológicos. La ciencia es prudente al atribuir causas: no dice que cada evento concreto tenga un único origen, pero sí mide cómo el calentamiento global aumenta su probabilidad o agrava su impacto. Ese matiz, fundamental, suele desaparecer en el ruido del debate político.

Reconocer el cambio climático, conviene subrayarlo, no obliga a una única respuesta política. Ahí sí hay espacio legítimo para la discrepancia. Cómo hacer la transición energética, a qué ritmo, con qué costes y con qué prioridades sociales sí son cuestiones abiertas al debate. Pero discutir las soluciones no debería implicar negar el problema ni ridiculizar a quienes lo señalan.

El término “fanatismo climático” cumple, además, otra función menos visible: tranquiliza, anestesia, tiene un efecto placebo. Permite a quien lo pronuncia situarse en una cómoda equidistancia, como si entre la evidencia científica y su negación hubiera un punto medio razonable. Como si la moderación consistiera en no tomarse demasiado en serio los datos científicos y las evidencias. Es una forma de convertir la irresponsable inacción en aparente sensatez.

Y, sin embargo, lo verdaderamente razonable, lo verdaderamente prudente, es atender a la ciencia y sus evidencias. No por alarmismo, sino por responsabilidad. Porque las decisiones que se tomen hoy, o que se eviten, tendrán consecuencias acumulativas durante décadas. Si no enfrentamos y afrontamos ahora, ya, los perjuicios serán mayores y los costes de reparación mayores. Mirar hacia otro lado será mucho más caro que actuar a tiempo.

Quizá el problema no sea el supuesto “fanatismo” de quienes advierten del riesgo, sino la ligereza con la que se descalifica el conocimiento cuando incomoda. Quizá lo preocupante no sea el exceso de celo, sino la escasez de rigor en el debate público. Y quizá, solo quizá, haya llegado el momento de abandonar los eslóganes y enfrentarse a los hechos, aunque no encajen en el relato.

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