A propósito de la crisis del hantavirus, saco punta hoy a otro virus del grupo de los 'sociovirus', término que me acabo de inventar, igual que es nuevo el 'rataplanismo' del presidente canario.
También recupero otra vez el nymbismo, de origen inglés pero que aquí se cría bien también y sobre el que ya escribí hace poco más de un año (Nymbismo, otro ‘palabro’ | El Independiente de Granada). Todos estos sociovirus son como la malafollá, síndrome que pese a ser de transmisión genética, también se contagian por contacto directo e indirecto.
'Malditos roedores' | El Independiente de Granada
Malditos roedores
Sacando punta
Ignacio Henares Civantos
El hantavirus ha puesto de manifiesto que nuestro país tiene instituciones fuertes y sólidas para afrontar con éxito y solvencia una grave crisis sanitaria, pero también que tenemos otros ‘sociovirus’ para los que carecemos de herramientas eficaces para combatirlos.
Hay virus que atacan los pulmones y otros que se instalan directamente en la conversación pública. A estas alturas hay ya muchas personas que (parece que) saben del hantavirus una ‘jartá’ y se atreven a intervenir en tertulias, sobremesas y redes sociales con auténtico desparpajo.
Nuestro país está gestionando exitosamente una grave y complicada crisis sanitaria como ha reconocido la Organización Mundial de la Salud y los veintitrés países implicados. Hemos demostrado que nuestros sistemas nacionales de salud y de protección civil son fuertes.
Pero seguimos padeciendo una epidemia nacional más difícil de controlar sus efectos: la del todólogo. Este personaje endémico, lo mismo te explica geopolítica de Oriente Medio, que pontifica sobre ingeniería hidráulica aprendidas en la ‘universidad de la vida’, con tanta seguridad como ausencia de base técnica y científica. Los mismos que hace tres años eran expertos vulcanólogos, hace dos disertaban sobre inflación energética y el año pasado daban lecciones de inteligencia artificial, ahora son eminentes virólogos y epidemiólogos, chatgpt mediante.
Cualquier crisis se convierte en un concurso de ocurrencias. Apenas apareció el hantavirus en los titulares, antes incluso de que los epidemiólogos terminaran de cruzar datos, ya teníamos una alineación completa de autoproclamados expertos repartidos entre televisiones, radios, canales de YouTube y bares con serrín o sin él.
Y junto al todólogo en esta ocasión ha reaparecido uno de sus primos hermanos: el nymbista patrio. Ese que dice “que se haga lo que haya que hacer, pero lejos de mi pueblo, de mi familia, de mi negocio”. Los mismos que pedían controles estrictos mientras no perjudicaran al turismo, a los festivales, a las reservas hoteleras o al chiringuito de su cuñado. En España han proliferado ciudadanos que quieren Estado fuerte para los demás y barra libre para sí mismos.
La mayoría de la población no distinguía anteayer un hantavirus de una marca de fertilizante pero, de repente, todo el mundo opinaba sobre el origen del brote, las medidas de contención o la idoneidad de los protocolos. Vaya si opinaban. La ignorancia nunca ha sido un obstáculo para hablar con solemnidad. Ahora se está convirtiendo en un requisito previo.
He escuchado estos días a dirigentes políticos ‘posicionarse’, a la contra del gobierno, (lo que es la norma y la moda), que ignoran qué es una zoonosis, que han llamado seres vivos a los virus y que desconocen qué es el ARN: ellos juegan todas sus bazas al ‘sentido común’. ¡Ah, el sentido común: ese invento nacional con el que se pretende sustituir a médicos, biólogos y expertos desde tiempos de la carabela!
Pero entre todos los números de este circo ambulante la palma se la ha llevado el presidente canario. En lugar de transmitir prudencia y coordinación institucional, ha optado por la vieja táctica del agravio territorial combinada ahora con los ataques al gobierno de Sánchez. Al incompetente Clavijo que así se llama el susodicho, no le importó negarse a autorizar un fondeo (cuestión en la que no tiene competencias dicha autonomía), porque la Inteligencia Artificial le había chivatado que podía haber ratas en el barco y podían llegar nadando a la costa. Ha inventado el ‘rataplanismo’, otra forma de negacionismo que sumar a la retahíla encabezada por los negacionistas climáticos, creacionistas y terraplanistas. Pero la IA y él la han cagado, porque las ratas no son el origen del problema, sino los ratones colilargos silvestres que viven en bosques andinos y zonas cercanas a las estepas, roedores que no destacan por sus habilidades nadadoras. La hipótesis más sólida que se baraja por los especialistas que están investigando este brote apunta, como portador del virus, a un ornitólogo holandés y su esposa que habían recorrido Chile y Argentina antes de embarcar en el MV Hondius. En el barco no se han detectado ratas, en tierra sí hay muchos malditos roedores, y buitres, y gaviotas.
De nuevo las dos Españas se han contrapuesto: de un lado los que han estado a favor del desarrollo de una compleja operación internacional para dar cobertura y atención a un grupo de seres humanos a la deriva, liderando una acción que le venía muy grande a un pequeño país como Cabo Verde, y cumpliendo con las indicaciones de las autoridades sanitarias europeas y mundiales. Del otro lado la de los que se han opuesto obstinadamente con el argumento de que había que cargarle el marrón (incluido el de los españoles que viajaban en el crucero) a otros, a Holanda por ejemplo. Que cada cual se coloque en la España que quiera, en el lado de la Historia que prefiera. Yo estoy, de nuevo, en el de la ciencia y en el de la solidaridad y el cumplimiento del deber (también internacional) de socorro.
Lo que más me fastidia es que haya tanta gente que lo pase mal cuando las cosas se hacen y salen bien y siendo tan ‘españoles y muy españoles’, no se sientan orgullosos de que su gobierno sea aplaudido mundialmente. Hay demasiadas personas que siguen instaladas en el ¡cuánto peor, mejor! en el que apostaron todo contra el rojo, para los que la verdad no importa, porque la realidad no debe estropear ni el titular ni el mantra. Siguen erre que erre en el ‘España se rompe’ y ‘España se hunde’ aunque en la actualidad no se sostienen esos axiomas y han tenido que dar un doble salto mortal al discurso del infierno fiscal y de la invasión de los inmigrantes.
Y lo verdaderamente agotador no es luchar contra el hantavirus, (la globalización y el cambio climático nos traerán más crisis sanitarias para las que hay que estar preparados), sino escuchar a personas que no soportan que exista un solo asunto sobre el que no tengan opinión contundente. La duda les parece una humillación intelectual. El “no lo sé” les provoca urticaria moral. No soportan el vacío de opinión.
En nuestro país los expertos deben justificar cada dato mientras el todólogo de turno puede inventarse cualquier barbaridad sin el menor coste social. Un epidemiólogo necesita varios estudios revisados pero un tertuliano solamente un micrófono o cualquier persona una cuenta en redes sociales.
Y aquí sí que tenemos un problema sanitario grave por lo insólito del mal que nos ha invadido. Este ‘sociovirus’ de la arrogancia que convierte la ocurrencia en doctrina y la ignorancia en identidad política, tiene un origen genético, (hay partidos políticos que lo llevan en su ADN), pero a la vez curiosamente tiene una tasa de contagio muy elevada. “Todo se pega menos lo bonico” que decía mi madre.
Porque aquí se funciona con dos velocidades: la ciencia, la Medicina, los protocolos de protección civil y salud pública, avanzan despacio, (con los tiempos necesarios para realizar analíticas o esperar los tiempos de incubación), pero la verborrea viaja a velocidad de fibra óptica.
El hantavirus, remitirá. Lo otro tiene peor cura.
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