¿Qué tiene que ver el fútbol con la emergencia climática? (Casi) Nada, pero me las he apañado para fabular esta metáfora de "La final" (que no podemos perder), a ver si conseguimos adeptos de esta forma a la causa.
'La final' | El Independiente de Granada
La final
Sacando Punta
Ignacio Henares
Civantos
Hay
victorias que duran una noche. Otras permanecen durante generaciones.
Todavía celebramos el último Mundial. Durante
unos días olvidamos diferencias, discutimos alineaciones como si
todos lleváramos un seleccionador dentro y volvimos a comprobar que
los grandes campeonatos no los ganan las individualidades, sino los
equipos que saben jugar juntos. El fútbol tiene esa rara capacidad
de convertir un país entero en un mismo vestuario.
Quizá por eso me ronda una idea desde hace días.
Mientras festejamos una copa que recordaremos durante años, España
y especialmente Andalucía estamos disputando otra final mucho menos
vistosa, pero infinitamente más decisiva. No habrá himnos, ni
confeti, ni una fotografía levantando un trofeo. El premio será
mucho más humilde y, precisamente por eso, mucho más importante:
conservar la tierra que habitamos.
Lo preocupante es que seguimos comportándonos
como si esta final pudiera aplazarse.
Hay encuentros en los que se puede especular con
el empate, dejar correr el reloj o confiar en una genialidad de
última hora. Las finales no funcionan así. En las finales cada
minuto perdido pesa en el marcador y cada decisión equivocada acaba
pasando factura.
Con el cambio climático ocurre exactamente lo
mismo.
Durante demasiado tiempo hemos discutido si el
rival era tan fuerte como decían los científicos. Mientras
debatíamos, el marcador empezó a moverse. Las sequías dejaron de
ser una excepción. Los veranos comenzaron antes y terminaron más
tarde. Los incendios adquirieron una violencia desconocida. Los
embalses enseñaron un fondo que muchos nunca habían visto y el agua
pasó de ser una certeza a convertirse en una preocupación
cotidiana.
No es alarmismo. Es el resultado que señala el
marcador a estas alturas del partido.
Si hubiera una clasificación europea de
vulnerabilidad climática, Andalucía ocuparía uno de los primeros
puestos. No porque lo diga un gobierno u otro, sino porque así lo
describen nuestro clima, nuestra geografía y una realidad que
cualquiera puede observar sin necesidad de leer los informes
científicos del IPCC.
Ahí está Doñana, donde cada gota cuenta. Ahí
está Sierra Nevada, viendo cómo la nieve pierde terreno. Ahí están
nuestros montes, soportando campañas de incendios cada vez más
largas. Ahí está el mar de Alborán, calentándose a un ritmo que
transforma la vida bajo sus aguas y condiciona la de quienes viven de
ellas.
Este no es un partido del futuro. Se está jugando
ahora.
Y, sin embargo, seguimos actuando como si
estuviéramos ante un derbi político en lugar de una final
compartida. Hay responsables públicos más pendientes de discutir
quién diseñó la alineación que de organizar la defensa. Se
protesta al árbitro, se cuestiona el reglamento y hasta hay quien
sigue convencido de que el marcador exagera. Pero el árbitro de este
partido tiene una peculiaridad: no admite reclamaciones al VAR cuando
quien protesta es la física.
La atmósfera no vota. Los termómetros no leen
programas electorales.
El agua no entiende de siglas. Ésa debería ser
la primera lección. La segunda es aún más sencilla: el verdadero
rival no viste ninguna camiseta. Se llama sequía. Se llama incendio.
Se llama desertificación. Se llama pérdida de biodiversidad. Y
contra ese adversario no sirven los eslóganes ni las victorias de un
solo día. Hace falta un plan de partido, pero no el de un Partido.
Los científicos llevan años haciendo el trabajo
del ‘cuerpo técnico’. Han estudiado al rival, conocen sus
movimientos y llevan demasiado tiempo avisando por dónde llegará el
peligro. Ignorarlos sería tan absurdo como despedir al entrenador en
la víspera de la final.
Después llega el equipo. Quienes gestionan
nuestros montes. Quienes investigan. Quienes producen alimentos.
Quienes protegen el agua. Quienes diseñan ciudades más habitables.
Quienes toman decisiones desde las administraciones. Cada uno ocupa
una posición distinta sobre el terreno de juego, pero todos
comparten la misma responsabilidad. Porque ningún equipo gana un
campeonato si sus jugadores compiten entre ellos.
Esa es, probablemente, la mayor enseñanza que ha
dejado este Mundial. El talento individual puede decidir una jugada.
Los grandes títulos sólo los conquista un grupo capaz de compartir
un objetivo común. También Andalucía necesita ese espíritu. No
para ganar un debate parlamentario, sino para afrontar el mayor
desafío ambiental, económico y social de las próximas décadas.
Adaptarnos al cambio climático ya no es una opción ideológica; es
una condición para proteger nuestra agricultura, nuestra salud,
nuestros bosques, nuestro litoral y, en definitiva, nuestra forma de
vivir.
Dentro de unos años casi nadie recordará quién
tuvo razón en esta discusión. Como ocurre con tantos partidos, el
resultado acabará perdido entre titulares y estadísticas. Lo que sí
recordaremos será si supimos reconocer que había una final en juego
cuando todavía estábamos a tiempo de disputarla.
Porque hay victorias que llenan las plazas durante
una noche. Y hay otras que mantienen un bosque en pie, permiten que
un agricultor vuelva a sembrar o que un niño conozca el mismo
paisaje que heredamos nosotros. Ésos trofeos bien merecen una
celebración.
Andalucía no puede perder esta final. Le pido a
Moreno Bonilla que se quite la equipación del Partido Popular y la
deje aparcada para otros torneos. Ahora debe jugar con la camiseta de
Andalucía en el Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática.